martes, 14 de octubre de 2008

El fin de una historia


Hace ya tiempo que no escribía nada, tal vez haya alguien que se pregunte el porqué, o quizá a nadie le importe. Lo cierto es que tras haber encontrado una cierta estabilidad amorosa en mi vida creía que todo iba bien hasta que se produjo un hecho que cambió todo, hasta mi motivación de escribir. Se los voy a relatar tal cual lo recuerdo…
Salí hacia el trabajo un miércoles. Antes de irme, como lo hacía siempre, me despedí de Sofía con un beso, ella no trabaja los miércoles y solía quedarse a hacer algunas de las cosas de la casa. Ella, como siempre, me saludo y me dijo: “Hasta lueguito amor”.
La mañana transcurrió de lo más normal, sin sobresaltos ni novedades. En un momento mi jefe se me acercó; tipo raro, de unos 55 años, poco cabello en la frente y una pelada en forma circular que le crecía desde arriba de la cabeza, medio gordito y con una sonrisa medio tenebrosa.
- ¿Pasa algo Dionisio?
- No señor –Le respondí rápidamente-
- Mirá – me dice- te veo medio extraño, por hoy, y por única vez te voy a dejar ir a mitad de mañana. Aparte ya no hay trabajo para hacer.
- Muchas gracias señor – le dije algo extrañado por el ofrecimiento-
Yo hace casi 5 años que trabajo en ese lugar, y nunca me habían dejado salir temprano. Tal vez por ello es que decidí aceptar y llegar temprano a casa para invitarla a almorzar a Sofía.
Apuré mis pasos con el objetivo de llegar a tiempo, ya eran casi las 12:30 y sabía que en ese horario Sofía preparaba el almuerzo. Antes de llegar, sabiendo que a ella le gustaban, le compré un ramo de flores en la florería de mi amigo Manuel.
Por la prisa, me hizo calor, así que me saqué el saco del traje, y así llegué: con el saco en una mano y las flores en la otra.
Abrí la puerta, y al sentir tantísimo silencio, comencé a llamarla: “Sofí”, “Amor”, “Mi amor ¿Dónde estás?”
En la sala no estaba, en la cocina tampoco, ni siquiera había olor a comida… Comencé a preocuparme, antes de ir al cuarto pasé por el balcón y el patio: tampoco estaba. “Tal vez se quedó dormida”, me dije y encaré derecho al cuarto aferrando mi ramo de rosas, amarillas; como a ella le gustan.
La puerta estaba cerrada, algo medio raro, porque siempre la mantenemos abierta, ya que desde el cuarto con la puerta cerrada no se escucha la puerta de entrada.
La abrí esperando encontrarla dormida, en las suaves sábanas que juntos elegimos para nuestro sommier. Sentía su aroma ya desde afuera de la habitación y no me aguantaba las ganas de verla y abrazarla.
Mis ojos dudaron tres o cuatro segundos, mi cabeza no reaccionó por más de diez. Sofía no estaba dormida, ni siquiera estaba en el cuarto, como tampoco sus cosas. Los armarios estaban abiertos, los cajones vacíos y tan sólo quedaba su perfume rondando el cuarto.
Sobre la cama, sobre el cubrecama, que también elegimos el mismo día de las sábanas, había una hoja de papel, que del reverso tenía mi nombre.
Confundido, tomé la carta, me senté en la cama y me dispuse a leer…
“Querido mío:
No hubo momento a tu lado en que no haya sido feliz, desde que te conocí descubrí lo maravilloso que eres, y lo mucho que me amas. Mi vida aquí ha sido de lo más placentera, y haciendo un repaso la verdad es que no tengo de que quejarme: fuiste, conmigo, el mejor hombre del mundo. Y mientras escribo estas líneas me cuesta muchísimo escribir lo que no tuve el valor de decir.
Hace menos de un mes, me llamó a mi celular Miguel, mi ex. Me dijo que estaba aquí en la ciudad y que necesitaba verme. Yo le dije que ya tenía mi vida, que no me interesaba saber de él, pero como siempre él insistió. Y yo, como siempre, afloje.
Cuando lo ví se despertaron aquellas viejas sensaciones en mí. Sensaciones que hoy me avergüenzan, porque son ellas las que me confunden y me alejan de vos.
Con Miguel nos encontramos dos veces más, charlamos mucho, sobre mí, sobre él y sobre nosotros. La verdad Dionisio es que estoy muy confundida, porque por un lado te tengo a vos que sos el hombre perfecto, y por el otro lo tengo a él que produce aquellas sensaciones. Perdoname, no tengo, ni siquiera el valor para mirarte a la cara. Me voy a casa, no sé que voy a hacer… Solo te pido que sigas tu vida. Te pido disculpas nuevamente.
Sofía”

Casi no pude terminar de leerla, las lagrimas, aquellas que reprimí tantas veces, rebeldes de su condición, salían indiscriminadamente.
Me cuesta, aún hoy, después de casi 2 semanas, referirme al tema sin por lo menos no lagrimear. ¿Por qué me dejo? Todavía no lo entiendo… lo único que sé es que mi Sofía se me fue, y con ella todas las fuerzas y las ganas de seguir.
Luego de meditar largamente sobre la continuidad del blog, he decidido, por lo menos, realizar un alto. No quería dejar, o más bien parar, sin explicar el motivo principal. Y quiero que aquellos que me siguen y que me leen, me sepan entender.
Solo me queda decirles: hasta pronto.

Su servidor, Dionisio

sábado, 13 de septiembre de 2008

La máquina del fin del mundo


En el último mes me enteré que en alguna parte del mundo se estaba construyendo, hace como 30 años, una máquina que se llamaba “La maquina de Dios”, pero que ya se había terminado. Cuando lo hice, la verdad, no me importó demasiado. Si hay algo que me importa poco es los mega-avances tecnológicos.
Aún así, y después de taladrarme la cabeza durante las dos últimas semanas, me interioricé sobre el tema.
Resulta que la máquina ésta busca descubrir, lo más aproximadamente posible, cómo se inició el universo. Al parecer, la tan famosa teoría del Big Bang quedó casi caduca, o por lo menos primitiva, pensando que esta máquina trabaja sobre ella pero la profundiza tanto que la deja casi en ridículo.
La historia es que hacen chocar dos láseres con protones (elementos que están en el núcleo de los átomos). Estos protones producen muchísima energía al chocar. Según entiendo, se dividen en otras partículas, y son éstas las que quieren estudiar.
Al parecer, esta energía producida por el choque de estas partículas son idénticas a las producidas en la creación del universo en el Big Bang.
Este tema se puso de moda, y muchos ignorantes, como yo, se han interiorizado en el tema y hasta han opinado.
Cuando todos nos poníamos contentos porque íbamos a saber cómo se inició el universo, un dato fundamental para nuestra vida, se supo que un conjunto de físicos consideraban a esta máquina como una “gravísima amenaza para la humanidad”, ya que continuar con las experiencias cabría la posibilidad de que se produzca un “agujero negro” que tragaría al planeta. Fue entonces cuando salieron todos aquellos seguidores de Nostradamus, que permanecen ocultos, algunas veces hasta años, hasta que sale un tema como este. “Con esta máquina se va a cumplir la profecía y el 1 de octubre será el fin del mundo”, decían.
Allí fue cuando pensé que es lo que yo haría si se terminaría el mundo.
“Tendría un hijo”, pensé primero. Pero después me di cuenta, no tendría tiempo, y si tuviera, ¿Para qué?
Entonces me dije, “vendo todo y me voy lo que me queda de vida de vacaciones”. Pero ¿qué pasaría si vendo todo y resulta que no termina nada, y me quedo varado y sin un peso en algún lugar del mundo?
Por fin me decidí. No iba a hacer nada. Seguiría mi vida como siempre, pagando todos mis impuestos, y si viene el fin del mundo… ya disfruté demasiado de mi vida.
Y, "e lo que ai", diría un buen amigo mío.

Su servidor, Dionisio.

domingo, 10 de agosto de 2008

Un poco más


Desde muy pequeñín no fui muy bueno para el estudio, aunque mis padres, tíos, y hasta algunos amiguetes me decían algunas de las cosas típicas que seguro a todos alguna vez les dijeron: “Vos sos muy inteligente, solo sos vago para estudiar”, soy vago porque no me gusta, decia yo; “Vos si lo lees una vez ya lo entendés y te queda”, no me queda otra –les decía- siempre lo leo una vez porque nunca tengo ganas de leerlo de nuevo; “Si no fueras tan vago serías muy buen alumno”, que chiste, cualquiera lo sería… Y así, siempre tenía una respuesta razonablemente comprensible.
Pero será que tanto me dijeron esas cosas, y tan poco estudiaba, que cuando termine el colegio secundario y decidí emprender una carrera universitaria las cosas no me fueron tan bien.
Recuerdo como si fuera ayer, cuando estaba a horas de rendir el examen de ingreso para abogacía y me faltaban tres tomos enteros por leer. Obviamente no llegué, pero aún así me presente a rendir la evaluación.
Treinta preguntas de múltiple opción y cinco a desarrollar, redondearon dos semicírculos en mi nota, dibujando un perfecto 3.
Allí estaba yo, parado en la facultad de derecho, sin poder creer que mi “gran inteligencia” no me hubiera podido salvar esta vez. Un compañero del curso de ingreso, me puso una mano en el hombro y me dijo algo tan simple, que puede ser una tontería para muchos, algo muy evidente, pero a mi me enseñó, después de casi 12 años de vida escolar, realmente cual era la fórmula. “Y bueno –dijo- habrá que estudiar más”.
Yo insultaba y protestaba por mi mala suerte en los múltiple choice, y el me revelaba cual era el verdadero problema, solo era cuestión de estudiar más.
Mi carrera como abogado termino ese día, y como no me iba a quedar un año sin hacer nada, me anote en una tecnicatura de algo así como “marketing”, que no sabía ni que era, pero como sonaba importante me dije “y bue, ¿Qué tan malo y difícil puede ser?”.
La verdad es que me costó mucho terminarla, y el solo pensar que tengo que “estudiar más” me acobarda para ir por la licenciatura. Todavía no se que hacer, la vida cada vez exige más esfuerzo, y entre más viejo, más me cuesta hacerlos.

Su servidor Dionisio

domingo, 27 de julio de 2008

La casa de mis suegros


Antes que nada, debo de reconocer que no hicimos las cosas como suelen hacerse, y lo de irnos a vivir juntos tan precipitadamente, y sin consultar a nadie, no es lo ideal para muchas personas. Quizá por ello que la visita a casa de los padres de mi novia me tenía tan incomodo y tan preocupado.
Sofía me lo había repetido hasta el cansancio, "Ellos eran las mejores personas del mundo, y seguro que me iban a adorar". Sin embargo esa semana previa del “Gran acontecimiento”, no podía descansar bien, no pegaba un ojo. Tal vez sea por aquella sensación de aquel que sabe que no hizo lo correcto, y que tarde o temprano todo se paga. "Estas como perro que volteó la olla", me decía una vieja amiga, mientras le contaba mi situación.
El hecho es que durante ese tiempo pre-presentación oficial, sufrí como un corderito que sabe que será sacrificado, y que su ejecutor ya está afilando el cuchillo que dará el punto final.
Por fin, y luego de un eterno suplicio, llegó el día. Sofía se despertó radiante, como aquellos amaneceres en el que se pueden notar los primeros rayos de sol en toda la inmensidad del cielo, y en los cuales uno agradece de poder disfrutar de tamaña belleza. Así, así es mi Sofía. Al admirarla, al ver como me preparaba mi desayuno, solo me dejaba lugar a un pensamiento. Solo pensaba en que por esta mujer podía hacer lo que sea, porque ella se lo merecía en todos los sentidos. "Por ella soy capaz de enfrentar cualquiera de sus miedos y de los míos", me dije y tomé valor. Y casi ni me di cuenta del viaje, solo disfrute de mi Sofía, y de que era mía.
Cuando llegamos a la casa de sus padres, salió su mamá a recibirnos. Una mujer de unos 45 largos. Y aunque nunca me atreví a investigar sobre su edad, la llevaba muy bien, conservaba en sus ojos la frescura de aquellas jóvenes recién salidas de la universidad, y una luminosidad en el rostro envidiable para cualquier mujer.
Aquella bella dama, nos recibió con una hermosa y enorme sonrisa, lo que me transmitió una calidez gigantesca que me tranquilizó plenamente, y me permitió no salir corriendo.
Tomó a Sofía de la mano, la abrazó y le dio uno de esos besos que solo una madre sabe dar, al tiempo que le dijo: "Te extrañe mucho mi hijita".
La escena me dejo casi al margen, pero la mujer, muy cortésmente, y secándose una lagrima que caía de uno de sus hermosos ojos miel, me tomó de una mano y dulcemente me dijo: "A vos Dionisio, también te estábamos esperando".
La salude con un beso en la mejilla y antes de que pudiera pronunciar alguna palabra, desde el fondo de la casa se escuchó:
- ¿Cómo? ¿Ya llegó mi chiquita?
Al instante apareció un hombre de unos 50 y piquitos de años, de barba recién nacida y una pequeña melena cana hasta la nuca. Recuerdo que esa primera impresión, me dio cierta tranquilidad, no se muy bien porque, tal vez por lo informal que pareció o no se. El hecho es que este hombre mucho más alto que yo, de espalda y manos enormes, típico “gringo de campo”, se apareció y, como si fuera una muñeca de trapo, levantó del suelo a Sofía y le dio un abrazo que duró el suficiente tiempo como para hacerme sentir que en ese momento esa era “su chiquita”.
Luego me miró, me extendió la derecha, y al tiempo que me estrujaba la mano, me dijo: "Así que vos sos el famoso Dionisio", produciéndose uno de los silencios más incómodos que viví en toda mi vida.
La dulce madre nos invitó a pasar, y nos acomodamos en nuestras piezas, por supuesto que cada uno tenía la suya. A mi me tocó una que evidentemente antes era un taller mecánico o algo similar, ya que todavía había restos de grasa en algunos sectores del piso.
Ya en la mesa, me llegaron no miles, millones de preguntas del estilo: “¿A qué te dedicas? ¿Dónde estudiaste? ¿Pensás estudiar algo más o con eso te basta? ¿Ese trabajo tiene futuro?” y muchas más que prefiero olvidar.
Yo, que soy un tipo con pocas pulgas, pensé en innumerables oportunidades levantarme de la mesa, decirle un par de cosas al suegro e irme. Pero Sofía, no me lo permitía, ¿Cómo podría hacerle eso a ella? No iba a irme, ni iba a hacer ningún berrinche, ni siquiera responder mal, simplemente porque Sofía no se lo merecía.
Respondí, durante todo el fin de semana, a todas las preguntas con el máximo de respeto y educación, mordiéndome muchas veces la lengua. Pero cada vez que flaqueaba, miraba a Sofía o simplemente la recordaba, y me daba fuerzas de nuevo.
Allí, en casa de mis suegros, descubrí que por más adversa que sea la situación, cuando querés algo o a alguien verdaderamente, siempre vas a encontrar fuerzas y vas a salir adelante.

Su servidor, Dionisio.

miércoles, 9 de julio de 2008

En pareja


Hace seis meses que nos dimos ese gran beso en aquellas playas cerca del faro de Mar del Plata, cinco meses y medio que decidimos ponernos de novios, y cuatro y medio desde que vivimos juntos. Y ya hace dos días que no me la banco, jaja.
No es para tanto, pero la última semana, recién, comencé a descubrir lo jodido que es convivir con alguien, y mucho más con una mujer.
Yo siempre había vivido solo, y por ese mismo hecho, no sabía disfrutar plenamente de esa “libertad”. Además son Sofía todo esta saliendo tan rápido que asusta.
Pero que lindo es entrar a casa con los botines puestos, llenos de barro y dejar tiradas las vendas en el piso después de jugar al fútbol sin que nadie te diga nada. Que lindo que es comer a cualquier hora, simplemente, “cuando haya hambre”.
Qué cómoda era mi cama de dos plazas cuando estaba solo, que lindo que era quedarme viendo una peli con el volumen al máximo si quería, o invitar a unos amigos a jugar al play station hasta la madrugada.
Pero todo aquello, ya quedó atrás, en el recuerdo, en el baúl de mi pasado, junto con juguetes, carpetas de colegio y facultad, y tantas otras cosas uno va desechando en el andar de esta vida que a uno le toca vivir.
Sofía tiene millones de cosas buenas, que seguro ya conté, y seguro también, que me quedé corto en lo halagos. Aún así, nosotros, como casi todo el mundo, tenemos nuestras diferencias, y muchas de ellas radicalmente opuestas, y son ellas las causantes de alguna que otra discusión, que claro, por estar recién de novios, terminan en besos, abrazos y risas, pero algunas suben de tono y pasamos momentos feitos.
Sin embargo, aunque a veces añore viejas actividades o “comodidades” de soltero, aunque hasta me cueste acostumbrarme a esta nueva vida, y a mi nueva compañera de vivienda y de cuarto, estar cerca de la persona que amo me da fuerzas y muchas ganas de seguir.
Y tal vez sea esa la clave del éxito, quizá el estar con la “persona correcta” sea un imposible, pero el estar con la que amas de verdad ayuda a superar esas diferencias, que en momentos parecen insalvables, y al siguiente son tonterías que ambos podemos ceder.
“Ceder”, que palabra. Porque en una fuerte discusión nadie la quiere, ni siquiera nombrar, y mucho menos la piensa como opción, quizá por alguna tonta creencia de que ceder es declararse derrotado o sometido, siendo que en estas cuestiones de pareja, el “ceder” muchas veces implica más una victoria que una derrota. Una victoria de la pareja, y de la convivencia. Porque en la pareja, como en cualquier orden de la vida, lo más importante es la convivencia con el otro, y para ello, para que ésta triunfe, a veces, debemos ceder muchas de nuestras cosas.
Para ceder, antes, me parece, se debe de “tolerar”. Porque el otro puede pensar diferente, porque el otro puede tener costumbres distintas, porque el otro es eso, otro.
También, y por último, se debe, creo, “aprender”. Aprender del otro, como vive, como siente, que le molesta, que le gusta, como le gusta, y porque le gusta lo que le gusta. Aprender a querer al otro, así, como es, sin más y tan simple que eso.
No creo que con estas líneas esté descubriendo nada del otro mundo, o le solucione la vida a alguien con esto, pero tal vez al escribirlas, yo descubra como salir airoso de mis propias dificultades: Tolerar primero, Ceder después y Aprender de eso. No pareciera tan dificil no, pero... ¡Qué jodido esto de estar en pareja eh!
Su servidor, Dionisio.

miércoles, 11 de junio de 2008

Después de tanto palo...


Luego del llamado, agarré mis cosas, sin fijarme demasiado que llevo y que no, y salí en busca de mi Sofía.
No tenía bien en claro a donde iba, solo sabía que me tenía que ir hasta Mar del Plata, de ahí tomarme un colectivo hasta Punta Mogotes, y que cerca del Faro me pasaban a buscar mis amigos.
Y así lo hice, paso a paso, mientras pensaba y pensaba, qué iba a hacer cuando la tenga al frente.
Cuando llegué al Faro, tipo cuatro de la tarde, media hora antes de lo planeado, no había nadie. Sin llegar a impacientarme, como es mi costumbre, traté de mantener la calma, me fui a un barcito que había al frente y me pedí una cerveza helada.
El lugar era muy agradable, mucha gente joven, todos divirtiéndose, un ambiente muy propicio para ir de “soltero”. Chicas muy lindas paseando en “rollers”, pibes jugando al fútbol-tenis, y alguna que otra familia joven disfrutando de las playas.
Yo estaba sentado en una reposera muy cómoda que había cerca del barcito, donde había una sombrilla que tapaba el sol, que para ese entonces ya comenzaba a bajar. Me tomé mi latita de cerveza, y decidí llamar a mi amigo para ver qué había sucedido.
“Uh Dionisio -me dijo-, no sabés tuvimos un problema en casa y creo que esta noche nos vamos a tener que ir”. Cuando me dijo eso, dije por dentro todas las malas palabras que sabía. Pero Gabriel no me dio mucho tiempo para seguir insultando por dentro. “Ya salgo para buscarte y te cuento bien”, dijo.
¿Pero es posible? ¿No voy a tener suerte nunca? Que veneno que tenía.
Cuando ya no se me ocurrían más preguntas tontas, ni reproches para hacer, llegó Gabriel en su autito. Lo saludé con un abrazo y me dijo: “vamos yendo porque hay mucho que contar”.
Cuando nos estábamos yendo me frenó el mozo del barcito. “¡Oiga Don! No se vaya”. Nos miramos con Gabriel y nos quedamos parados, para que nos alcance el hombrecito.
Cuando llega dice el mocito:
- Tiene que pagar la reposera, son $10.
- ¿Quéeeeeee?
- Jajajaja ¿Usaste la reposera?, me dice Gabriel.
- Y si…
-Bueno, vas a tener que pagársela.
Ya estaba re caliente, hacía menos de una hora que estaba ahí, y ya me estaban saliendo las cosas al revés, aún así, decidí conservar la calma, pagar y comerme las cargadas de mi amigo…
Mientras íbamos a la casita, Gabriel me confesó que el padre de su señora estaba medio mal de salud. Cosas que pasan inesperadamente y que causan mucho dolor a los seres cercanos.
Me dijo que ella ya se había ido, que el se quedaba esa noche, pero que era muy probable que al día siguiente salga a la mañana.
“Pero Sofía se queda eh”, dijo, mostrando una sonrisa cómplice.
Trate de hacerme el desinteresado y dije:
-Ah, ¿si? Mira vos.
Y, casi burlándose de mi actitud, me dijo:
- No te hagas el duro, que se que estas muerto con ella.
Y en ese momento, no pude mentirle más y le confesé mi verdad:
- Es, verdad, es que está muy buena. Desde que la conocí, no dejo de pensar en ella.
Así, la conversación fue tomando forma. Gabriel, no se cómo lo hizo, pero supo que yo necesitaba hablar, y con la excusa de mostrarme el pueblo, me dio un paseo que me permitió descargarme.
Al final, me dijo que me tranquilice primero, que ellos tenían la casa por un mes. Sofía se iba a quedar un tiempo cuidando, y ellos, si se solucionaba todo rápido, volvían. Pero que mientras tanto “iba a tener la casa para mi solo”.
Esa última frase que me dijo, me hizo pensar más cosas aún, pero no quería patinarme como la vez anterior.
Al fin, llegamos a la casita. Baje con mi bolsito y con todas las ganas de verla, a Sofía.
Entre a la casa, que de afuera parecía una casita chiquita, chiquita, pero al entrar te encontrabas con una casa muy grande y muy cómoda. Entré al living-comedor, piso de parquet y una enorme biblioteca, en donde, más tarde, pasé horas leyendo, sentado en un viejo pero confortante sillón; que me permitía dormitar, y algunas veces, hasta quedarme completamente dormido, mientras disfrutaba de mis vacaciones.
Al lado, estaba la cocina, muy pero muy amplia. Y allí, estaba ella. Era un sueño, era mi sueño. Estaba de espaldas, con una remera musculosa blanca, que dejaba ver sus ya bronceados y suaves hombros. Tenía además, una mini falda azul que terminó de enamorarme.
Gabriel se me adelantó:
- Sofía, mira a quien te traje…
Yo, muerto de vergüenza le dije un “Hola ¿Cómo estás?”
Ella, con toda la dulzura y frescura, me sonrió y corrió hacia a mi para darme un abrazo. La abracé y me dijo al oido: “Que alegría, no sabés las ganas que tenía de verte”. Con esa frase me mató.
Me llevaron a lo que iba a ser mi pieza durante mi estadía, me acomodé mis cosas, y me tiré unos minutos en la cama a reflexionar sobre lo que estaba pasando.
“Después de tanto pensar, tanto sufrir, reflexionar, meditar, y hasta decidir cambiar muchas de las cosas que soy, llegué aquí”, me dije primero. Y casi sin darme cuenta, cansado por el viaje, me quede dormido, pensando en que tal vez no es tan malo recibir tantos palos, si después viene una alegría tan grande.
Su servidor Dionisio

miércoles, 30 de abril de 2008

La oportunidad al teléfono


Hay valiosas frases, textos y libros completos que llenarían toda una biblioteca hablando sobre las segundas oportunidades. Y seguramente habrá quien haya leído mucho material sobre esto, y hasta pueda dar clases. Sin embargo, estoy seguro que ante la situación, y dependiendo de la importancia de esta, las cosas no serían tan sencillas de resolver, y si habría más de una “segunda oportunidad”, las resolveríamos siempre de manera distinta.
Durante mi vida, dejé pasar miles de segundas oportunidades, tal vez porque no importaban o porque yo no le daba el verdadero valor, o lo que es más probable no tenía la madurez necesaria para reconocerlas.
Pero cuando recibí la llamada de mi Sofía, me di cuenta que esa podría ser mi segunda, y quizá mi última oportunidad, y no quería desaprovecharla.
Al sentir su voz, mi corazón comenzó a golpear fuertemente mi pecho, el pulso se me aceleró y seguramente mi voz demostraba el nerviosismo en el que me encontraba.
Nervios, que solo se calmaban con la dulzura de su voz, y la calidez con la que pronunciaba cada palabra.
Me dijo que me esperó un par de días pero que yo nunca aparecí, que trató de ubicarme en el pueblo, y que al volver a su casa le pidió mi teléfono a Gabriel, mi amigo.
Que me llamó muchas veces, y que ya no lo iba a hacer más, pero quería intentarlo una última vez.
Yo le dije que me dio mucha vergüenza lo que había pasado, y que no me animaba a volver a buscarla, pero que me estuve siempre en el pueblo.
Le confesé que me costó mucho trabajo no buscarla, y que no había dejado de pensar en ella desde esa última noche.
“¿Seguís de vacaciones?”, me dijo. Y cuando le dije que sí, y que todavía me quedaba mucho por delante (casi 15 días), me dijo: “Yo también lo estoy, y te quiero proponer que nos demos una nueva oportunidad de conocernos y hablar”.
Me temblaba el teléfono en la mano, y casi que no escuchaba lo que decía, de tan fuerte que golpeaba el corazón. Pero tampoco quería mostrarme tan interesado (un tarado del año cero…). Así que le pregunte cual era su propuesta.
Me dijo que Gabriel y su señora nos habían invitado, de onda, a pasar unos días en un pueblito cerca de Mar del Plata, donde estaban alquilando una casita con varias piezas, y ella era la encargada de invitarme.
“Que grande mi amigo del alma”, pensé en silencio…
“¡Pero sí! ¡¿Cómo no?!”, le dije. Y antes de que diga nada le pregunté: “¿Querés que lleguemos juntos o como hacemos?”
Me dijo que ella ya tenía el pasaje, y que salía esa tarde.
Por lo tanto, no me quedó otra que pedirle la dirección, asegurar mi presencia, y confirmarle que en cuanto consiga un cole me iba para allá.
Así es la vida, a veces es demasiado ruda: tiene un ritmo acelerado que no podemos llevar, nos pone esos obstáculos que nos complican; y otras veces, como una madre comprensiva, nos da el tiempo justo para reflexionar, sacar conclusiones, y recién nos brinda la oportunidad de volver a actuar.
En mi caso, tenía un poco menos de 15 días para demostrar que había reflexionado, y que no pensaba cometer dos veces la misma macana. Esa era mi chance.

Su servidor, Dionisio.

jueves, 17 de abril de 2008

Principio de Aprendizaje, y superación de Obstáculos

Aprender de un caracol

Al día siguiente de haber llegado de mi viaje, y todavía con quince días de vacaciones por delante, me senté en la mesa del comedor con la idea fija. Estaba decidido, tenía que reponerme y salir adelante de alguna manera, como siempre lo había hecho.
Con muchas cosas en la cabeza, buenas y malas, buscaba y buscaba, para encontrar algo que me ayude. Fue entonces, que encontré algo, una cosa que me enseñaron de chico.
Nunca fui muy buen estudiante, no por capacidad, sino por revoltoso, siempre había algo más entretenido para hacer. “Falta de concentración en clase, y a la hora del desarrollo de las actividades académicas”, era lo que siempre decían mis maestros y profesores. Todo aquello, derivó en que, cuando pasé de la primaria a la secundaria, en el primer año, me quedé de curso.
Pocas veces me sentí tan mal. Recuerdo hasta hoy, como llegué llorando a casa. Mi madre, con muy poca delicadeza me dijo de todo, me grito, y hasta amagó con pegarme, por suerte, en ese momento llegó mi papá para calmarla.
Mi viejo, era un tipo calmado, muy centrado y justo, y tenía algo que eternamente le envidiaré, siempre encontraba la mejor manera de decir las cosas y de resolver los problemas.
Cuando llegó ese día, yo estaba muy nervioso, y con los ojos llenos de lagrimas. Me llevó a mi pieza, con un cuaderno y una lapicera, me llevó una mesa y una silla, y dijo: “Sentáte ahí. Escribí en ese cuaderno tu problema más grande, cuando termines escribí otro, y otro hasta que no tengas más problemas que escribir”.
Al principio me pareció bastante tonto el jueguito. “Pero por lo menos me tranquiliza”, me decía yo mismo.
Cuando al fin terminé, llamé a papá. El, se sentó conmigo y dijo: “Cada uno es dueño de su destino, y somos libres de elegir cualquier camino que nos lleve hacia nuestro objetivo final, como puede ser comprarte una casa, o terminar la secundaria. Y en cada camino, nos encontraremos con problemas e impedimentos, obstáculos que muchas veces nos harán desagradable el trayecto. Sin embargo, estos nos pueden ayudar, aunque no lo parezcan en un primer momento. No es fácil darse cuenta, pero lo más importante de encontrar una dificultad, no es la manera de resolverla, sino, entender que la mayoría de ellas se pueden evitar, y que ello solo depende de nosotros”.
Me quedé callado un segundo, casi sin comprender del todo, hasta que le pregunte “¿cómo se hace?”.
“Fácil –me dijo-, el primer paso es reconocer nuestra responsabilidad en el problema, y a partir de allí, es todo más sencillo aún. Lo siguiente es descubrir en que se falló, y que se podría haber hecho para evitarlo. Y por último, hay que comprometerse a no repetir los mismos errores”
Allí, finalmente entendí lo que me quería decir.
Antes de irse, papá me miró y, tocándome la cabeza, dijo: “A todo esto se lo suele conocer como maduración y experiencia. Confío, en que esto que te pasó hoy, te sirva para aprender, y que no vuelvas a cometer los mismos errores”.
Al recordar todo esto, me di cuenta que hacía un tiempo que venía cometiendo muchos errores, y que desoyendo los sabios consejos de mi padre, no aprendía de ellos.
“Es momento de cambiar”, me dije, mientras me levantaba presto a modificar algunos aspectos de mi vida.
En ese momento, en que había resuelto gran parte de lo que me preocupaba, en una lucha filosófica y anecdótica a la vez, el sonido del teléfono me regresó a la tierra.
Fui hasta el aparato, y al contestar escuché:
“Hola, ¿Dionisio? ¿Dónde estuviste? Te estuve llamando días enteros, soy Sofía”.

jueves, 20 de marzo de 2008

El viaje cap. 3 (la vuelta)


No se porque, pero cuando estoy triste entiendo las estupideces que hago en la vida. Mientras retornaba a casa, en uno de los tres colectivos que debía tomarme, recordé una charla que tuve con un tío cuando era niño.
En ella, mi tío me explicaba un poco en broma y un poco en serio, que las mejores cosas de la vida no se buscan, simplemente se encuentran. Quizás allí estuvo mi error con Sofía, presionar la situación, tratar de provocarla.
Sentado allí, mirando el árido desierto desde la ventanilla, la escasa vegetación pareció trasmitirme su tranquilidad, su pasividad. Al mismo tiempo, pensaba en que la herida seguía abierta, tal vez tendría que pasar un tiempo aún mayor para que cicatrice del todo. Pero sabía, que no se borraría, y que de ella debía aprender.
En este corto viajecito pude disfrutar de muchas cosas, de reencontrarme con gente querida, que no veía hace años, conocer a una persona maravillosa, llegar a enamorarme de ella, y hasta ver como el corazón se me hacía trizas por no sentirme correspondido. Pero fue en el asiento de un colectivo donde realmente descubrí que debía cambiar, que había cosas que no me permiten disfrutar plenamente de lo que hago.
En el viaje de vuelta a casa no comí ni dormí nada, me la pase pensando y pensando. Llegaba a donde debía hacer transbordo, bajaba de un colectivo y subía al otro, para volver a pensar. Así transcurrió mi viaje, hora tras hora igual. Y aunque suene auto flagelante me ayudó mucho.
Cuando al fin llegué a casa, con mucha tranquilidad, acomodé las cosas del viaje, preparé algo de comer, vi algo de televisión, y me quedé dormido en el sofá.
Su Servidor, Dionisio

lunes, 10 de marzo de 2008

El viaje cap. 2 (mi pueblo)


Mi pueblo, siempre fue cálido y afectuoso, para aquellos que como yo retornábamos, pero es mucho más para los que, como Sofía, recién conocían su pequeñas callecitas. Estas, tienen su particularidad, que embellece el pintoresco paisaje del pueblo. No hay calles de tierra, tampoco de pavimento, desde épocas coloniales se conserva y, cuando hace falta, se restaura el empedrado colocado originalmente. Se decidió aquello luego de un debate interno, en donde participaron familiares directos de los que hoy habitan el pueblo, se resolvió no pavimentar nada, sino por el contrario, empedrar todas las calles para que todos los vecinos vivan en las mismas condiciones. Así, y a través del famoso boca en boca, se fue transformando, a pesar de lo pequeño y alejado, en un pueblo turístico.
Sin embargo, no había mucho para mostrar, pero lo poco que había se lo vivía como si fuera lo único en el mundo.
En nuestra primera salida, decidí llevar a Sofía al nuevo entretenimiento del pueblo; un bolichin en donde se podía jugar al bowling.
Más allá de que nos divertíamos muchísimo, contando anécdotas vividas con nuestros amigos en común, para mi era inevitable pensar que lo que quería realmente en ese momento, era besar sus labios. Trataba y trataba, pero en cuanto olvidaba esa idea, su dulce sonrisa me enamoraba de nuevo. ¿Pero que debía hacer? No quería arruinar todo tan solo por apurarme. Pero había onda, eso era claro. Porque me trataba demasiado bien. Pero quizá, ella es así con todo el mundo. ¿Y entonces?
Mareado con tantas preguntas y divagaciones que rodeaban mi casi calva cabeza, y casi sin escuchar lo que ella me hablaba, allí, en el mini boliche de bowling, decidí demostrar mi hombría, dar el primer paso, mostrarme a mí, y sobre todo a ella, que no iba a arrugar ante la situación. En definitiva, decidí darle un buen beso.
Me acerqué con la silla, la tome de la mano, levante la mirada, la mire fijamente a sus ojos, le coloqué atrás de la oreja izquierda un mechón de cabello, y me acerqué con suavidad.
Hoy es difícil explicar ese momento, porque mientras estaba ahí, mientras iba hacía el encuentro de su boca estaba nervioso. Cuando estaba llegando, cuando me di cuenta de que ya estaba todo bien, que ella me había permitido llegar hasta allí, me tranquilicé. “Esta listo”, pensé en ese instante. Y cuando ya llegaba, me corrió la cara.
No lo pude entender, me quedé helado, no supe que decir. Aún más cuando me preguntó: “¿Qué hacés?”
Solo me quedé ahí, deben haber sido 1 o 2 minutos, no más. Pero a mí me parecieron horas. Parecía que la tensión era cada vez más, y el silencio (el de ambos) profundizaba aún más la vergüenza que sentía.
Colorado, y ante la situación poco grata, con la voz medio quebrada solo me salió un: “Perdonáme, si querés nos vamos”. Ella por su lado, levantó la mirada, su bolso y dijo: “Será lo mejor”.
En ese momento pensé que tal vez si sería mejor salir de ahí, como para cambiar de aire. Sin embargo, se torno peor. Las callecitas solitarias, la pasividad, y el silencio del pueblo tornaban la noche muy romántica para cualquiera, para cualquiera menos para nosotros. Caminamos solos y callados. Una seña fue suficiente para ahuyentar a un vendedor de flores, aquel que siempre hace quedar bien a cualquier novio no podría salvarme esta vez.
La dejé en lo de su amiga Lucía, la despedí con un beso en la mejilla, le pedí disculpas nuevamente, y me quedé hasta que cerró la puerta, tal vez esperando que me de alguna señal de indulgencia, la cual no apareció.
Regrese a la casa de mis tíos, donde estaba parando, pensando muchas cosas; en como la conocí, el viaje hasta allí, todo lo que hablamos, su sonrisa, y tantas cosas más…
Al otro día no me dio la cara para buscarla, al siguiente tampoco. Así se me pasó una semana completa; encerrado, pensando en ella, en mi vida, y en todas las veces que por apresurado o salame pierdo cosas importantes. Algún que otro día me animé a salir a jugar a la pelota con mis primos, y una vez a pescar.
Cuando me quise dar cuenta ya era tiempo de volver. Ese último día tomé valor y fui a la misma casa en donde había dejado a Sofía. Aunque imaginaba que no iba a encontrarla, mantenía la esperanza. Me atendió una señora muy viejita, tía abuela de Lucía dijo, y me contó que mi Sofía solo se quedó dos días más desde que yo la deje esa noche, y luego se fue, no dejo número ni dirección para encontrarla.
Así, se terminó por diluir mi último hilo de esperanza con ella.
Llegó la noche, me despedí de amigos y familiares, agradeciendo el siempre cálido hospedaje, subí al tren y dejé atrás mi tan querido pueblito de calles empedradas.

Su servidor, Dionisio.

lunes, 18 de febrero de 2008

El viaje cap. 1 (Sofía)


Luego de haber decidido irme lo más seguro posible, me dije a mi mismo: “Más vale que por lo menos te la pases de jolgorio en jolgorio”.
Por ello, idee juntarme con mis amigos, tomarme unos buenos vinos con mis tíos, y no dejar un momento para la tranquilidad, quería joda, joda y más joda; y cuando me canse iba a descansar con más joda.
Allá fui, seguro de que me iba para remembrar la adolescencia, y aunque no fue como yo lo pensé, en cierta manera se cumplió.
La idea era ir al pueblito de donde nací, pero antes, pasar por una ciudad media chica, que quedaba de camino, en donde haría escala en casa de unos amigos.
Cuando llegué me estaban esperando, lo que en realidad me sorprendió mucho, ya que si bien les había avisado cuando saldría, en ningún momento le di un horario.
Lo salude a Gabriel primero, ya que estaba con Andrea, su señora, y a Rubén después. Fue un momento fuerte, ya que no los veía desde el colegio, ellos, al igual que yo, habían emigrado hacia nuevos rumbos, buscando algo más que lo que teníamos en nuestros hogares. Y pese a la distancia, siempre nos mantuvimos en contacto.
En cuanto pude les pregunte sobre cómo supieron el horario de llegada, y me contaron, entre risas y cargadas, que hacia poco había hablado mi tan querida y “apañadora” Tía Marta, avisando, y recomendando que vayan a buscar al “nene”.
Llegué a la casa de Gabriel, ya que Rubén vivía con su hermana y yo no quería molestar. Me dieron la pieza que pronto sería del bebé. Andrea, llevaba ya seis meses y medio.
Al verla ahí, con la panza tan grandota, y a mi amigo a su lado, sentí una sensación medio rara. Una mezcla de nostalgia y alegría a la vez. Era el mismo Gabriel, aquel que estuvo conmigo en tantas aventuras con mujeres, el que hoy era un marido ejemplar y un futuro padre de familia. No se como explicarlo, pero seguramente todo aquel que alguna vez le paso algo similar me entenderá.
Me acosté, y sin querer se me pasó la hora. Me despertó Andrea, con un grito de: “¡Arriba che, que quiero presentarte a alguien!”
Cuando baje, estaba ella parada frente a la mesa del comedor…
“Ella se llama Sofía”, dijo Andrea.
Me quedé sin palabras, no supe que decir, era muy linda. Era tan solo un poco más baja que yo, no mucho, pelo castaño claro (aunque me parece que es teñido), ojos color miel, y tenía una figura realmente atractiva. Tanto, que cuando caí en cuenta en lo baboso que me veía, y quise saludarla, en vez de decir “mucho gusto”, me mande un “¡mucho busto!”.
Ella, se dio cuenta al instante de mi “error”, y por ser como es, burlándose dijo: “Gracias, pero no es para tanto, tengo solo 95”.
Mi amigo, no tardó en meter la cuchara y dijo: “jaja Qué manera más rara de presentarse”.
Pasado el papelón, nos sentamos a charlar. Gabriel, dijo que quería presentarnos porque Sofía iba a viajar al mismo pueblito que yo, justo al otro día, ya que tenía una amiga allí que había sido madre hace poco y quería visitarla. Uno, a veces no sabe porque se dan las cosas, por suerte o por quien sabe que, las cosas se dan.
Yo entusiasmado, le prometí estar en todos los detalles, y le hice prometer que ante cualquier cosa no dude en consultarla conmigo.
Esa noche, cenamos todos juntos en una parrillada: Rubén con su hermana Analía, Gabriel con Andrea y su panza, mi Sofía (porque ya era mía), y yo.
Al otro día, salimos a la mañana temprano. Les agradecí la cordialidad a mis amigos, y por supuesto que agradecí la compañía que me habían conseguido.
Durante el viaje, no pare ni un instante de observarla, de admirarla, de pensar y pensar. Ella me hablaba y me hablaba, y a pesar de que estaba embobado, yo trataba de prestar el máximo de atención posible, ya que todo de ella me interesaba.
Cuando al fin llegamos, tenía la seguridad de que me gustaba, y me gustaba en serio, y no quería dejarla pasar. La acompañe hasta lo de su amiga, y me despedí con un simple “adiós”. Me di media vuelta, y cuando había caminado un par de pasos, y me insultaba solo por ser tan cobarde, ella dijo: “¿Salimos hoy? Quiero conocer como es la noche en tu pueblito”; tan solo eso logró que vuelva el alma al cuerpo del tipo, y con la cara llena de risa acepté.
Bueno, para que no se cansen la próxima les cuento como sigue, pido paciencia a los impacientes, pero les adelanto que este viaje me cambio la vida.

Su servido Dionisio.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Viajero y mochilero


Bueno señores, tengo mucho para contar, tanto que no se por donde comenzar. Lo primero que quiero decir, es que me fui de vacaciones, por eso no escribí durante enero. Les pido disculpas por no haber avisado, y espero continúen frecuentando mi espacio virtual.
Lo siguiente, tiene que ver con lo que realicé en éstas, mis vacaciones. Hace rato que no me tomaba unas buenas y disfrutadas vacaciones, decidí por ello, descansar un mes completito. Los primeros quince días, pensé en ir de visita, a mis familiares y amigos que viven en otras provincias, ciudades y pueblos.
Para esto, imaginé dos alternativas: Irme de “mochilero”, haciendo dedo; o hacer la clásica, tomarme los correspondientes colectivos y llegar en tiempo y forma a cada lugar (medio aburrido y de viejo verde).
Decidí la primera opción. Me senté en la mesa redonda que tengo en el comedor, acerqué la lámpara, con papel y lapicera, puse como título: “Mi viaje de mochilero”; y comencé a hacer una lista para mi mochila: Una carpa, uno nunca sabe si hay que dormir en una casa, un camping, o en la ruta; una bolsa de dormir, porque no voy a dormir en el piso así, me va a hacer frío; un par de latas para comer de camino; abrelatas; campera; un libro, para leer algo de camino, no mejor dos porque seguro termino el primero rápido; una radio chiquita a pilas, para escuchar algo, porque la soledad de la ruta es medio triste; ¿y si llueve? una capita con un paraguas; también me dio un poco de miedo, y como no me animo a llevar una pistola, ni tengo tampoco, me decido por un cuchillo medio grandote; Ah y de camino hay un lago bárbaro donde dicen que se pesca bien, así que mejor que lleve una caña… ¡Epa! Tengo demasiadas cosas, y ni siquiera puse la muda de ropa para el viaje, o para cuando llegue, porque quiero salir y no voy a andar con lo mismo. Nada que ver, ¿Qué va a decir mis familiares y amigos? Seguro que dirían: “¡El sucio ese!”.
¿Cómo hago para meter todo lo que necesito en la mochila? ¿Y si me quiero traer recuerdos? Era demasiado ya, muchas cosas.
Me levanté, tomé un poco de agua, y me volví a sentar. Arranque esa hoja, la hice un bollito, y escribí como título de la nueva hoja: “Cosas necesarias para mi viaje en COLECTIVO”.
Me resigné a que ya no estoy para esos tipos de viajes, ya estoy medio viejón, soy muy quisquilloso, y además… ¡no tengo ni la mochila!
Y dije: “Mejor me aseguro un viaje tranquilo y no me preocupo tanto, total ya fue”.
La próxima vez amigos, les voy a contar que hice de interesante en esos primeros quince días, y tal vez les deje una puntita de los siguientes quince, que fueron los más entretenidos.

Su servidor, Dionisio

lunes, 31 de diciembre de 2007

Un año que se me fue...


Esta vez los voy a liberar de la obligación de leer mis largos y aburridos textos... Solo voy a limitarme a agradecerles, que en este 2007 que se fue, dos veces por mes, se tomaron 5 o 10 minutos para leer mis cosas... Para mi, es muy importante compartir esto, y los invito a también compartir en este universo, que es Internet, sus pensamientos, cuentos, historias, opiniones o lo que se les ocurra... Gracias!

Y muy feliz 2008!!!! Salud!!!

Su servidor Dionisio

miércoles, 19 de diciembre de 2007

No hay tonto sin suerte


Tras haber conocido a muchas personas, en algunos de mis viajes vacacionales y por mi incansable necesidad de relacionarme, podría asegurar que a todas a las que le pregunte si le haría falta suerte, me respondieron que sí.
Esto me hizo reflexionar sobre este aspecto de la vida, que todos “deseamos” de alguna u otra manera.
¿Por qué anhelamos tanto la suerte? La respuesta no es sencilla seguramente, todos debemos de tener diferentes conceptos de ella y diferentes necesidades y ambiciones que queremos obtener mediante ella. Y tal vez en esta última idea se centra todo, porque de alguna manera se nos inculcó que, a veces, la única manera de conseguir las cosas es con un poco de suerte.
A cuantos de nosotros, al ver a un muchachito medio feo, tirando para feo y medio, con una muy hermosa dama, se nos ocurrió la idea de que “o tiene mucha plata o tiene mucha suerte, o en todo caso, tiene las dos”. Como si levantarse una mujer tendría algo de azar... o de dinero (claro que también se dice que billetera mata galán).
O cuando alguna persona, que parece poco preparada, obtiene un buen trabajo y bien remunerado, casi todos piensan la famosa frase “no hay tonto sin suerte”.
Yo incontables veces he caído en la tentación de cubrirme y excusarme en la suerte. Sobre todo en las épocas de los exámenes, humillado por un nuevo bochazo en alguna evaluación, recurría a consolarme pensando que era una cuestión de suerte y no de conocimiento.
Dicen algunos que “la suerte es para los mediocres”, yo la verdad es que no se que decir, ya que muchas veces pense que "si con la suerte podría conseguir todo lo que deseo, no me importaría ser mediocre feliz".
Por otro lado, se me ocurre pensar, y retomando lo dicho antes, que esto de la suerte es solo un medio, para alcanzar un objetivo o fin. Pero que también no es el único, seguramente es el más sencillo, pero no exclusivo. Existen millones de caminos, con muchos obstáculos y dificultades, que nos llevan a cumplir nuestros sueños. Solo depende de nosotros decidirnos a dar el primer paso, seguido por el segundo y no dejarnos amedrentar con nada ni nadie, ni siquiera con la “suerte” de los demás, hasta lograr lo buscado.
Por eso amigos, recomiendo no vivir condenado a la suerte, ya que ésta quizá ni exista, y sea solo una explicación fácil y sencilla, de que otro logra algo que nosotros no fuimos capaces de lograr. Porque así, los únicos sin suerte serán aquellos que se quedan esperándola.
Los invito, entonces, a buscar y perseguir sus objetivos y sueños, sin esperar alguna “ayudita” extra, seguramente que no será fácil, pero quien sabe, tal vez en el camino tengan un poco de suerte.
Su servidor Dionisio

lunes, 26 de noviembre de 2007

Corazon de Dragon, mentiras de enano


Hoy en casa me tocó el “día del orden a fondo”. Por lo general, una vez por año, casi siempre cuando hay cambio de temporada, elijo un día en el cual doy vuelta la casa viendo que sirve y que no.
Revisando, encontré muchas cosas viejas. Entre ellas, un librito, tipo agendita, que tenía de chico, y que utilizaba, a modo de descargo, de diario personal.
Me senté, como “los indios” (piernas cruzadas), como lo hacía de niño, en el medio de la habitación llena de polvo, y comencé la lectura.
Encontré muchas cosas, algunas que ni recordaba, más adelante iré contando algunas de mis picardías de niño.
Pero hubo un relato que quisiera compartir en este momento. Y para que no pierda la magia y frescura que el mismo relato trae, pensé en transcribirlo textualmente, aún con algunos errores ortográficos que encontré. Aquí les va, espero les guste:

Miércoles 27 de noviembre del ´97
Que vieja insoportable y odiosa la de lengua, como me umillo con la prueva, delante de todos. Resulta, que el otro día nos dio como tarea leer un cuento, uno de un tal Bradburi o algo así. Estuvo todo el día con eso, “acuerdense de leer el cuento. No les doy tarea pero léanlo”. La tarea que nos dictó era la siguiente: Leer el cuento “El Dragón” de Ray Bradbury. La verdad es que nos dio todo el fin de semana para hacerlo, más el lunez, pero justo vinieron a casa unos primos y nos fuimos al zoológico, y el lunes ya tenía un monton de tarea de matematica para hacer. Y no pense que iva a ser tan importante lo del cuento.
Cuando llego el martes no savia nada del cuento, encima tenia lengua en la primera hora, y para rematar no va que yo llego retarde, justo para cuando se hisa la bandera. Mientras estabamos entrando al aula le pregunto a Carlitos, el siempre me salvaba. “Yo tampoco lo leí Dionisio, estoy frito como vos, jeje” me dice el aparato. Por “suerte” agrega: “Solo le pegue una leidita rapida a la primera parte, habla sobre un Dragón que vivía cerca de un pueblo, con ojos de fuego o algo asi”. Y con esas pocas palabras me senté confiado de que si decia algo sencillo como eso la seño no me preguntaría nada más. De todas maneras, cuando entró la maestra, me pico la pancita, sabiendo que me estava jugando.
Después de tomar asistencia, la seño se levantó de su silla y nos preguntó a todos si habiamos leido el cuento. “¡Si señorita!” respondimos cantando. “¿Vos lo leiste Carlitos?” le pregunto a mi compañero de banco, mira si será malbada. Cuando Carlitos le dijo que sí, yo pensé que no había forma de que me pida a mi el cuento, osea, tenía toda el aula.
“Bueno, entonces si vos lo leiste Carlitos, entonces que pase Dionisio al frente y nos lo cuente a todos” Dijo… Yo ahí me quise matar, parecía que se había enpeñado en nosotros. Y pase.
“Voy a ser buena, solo te voy a pedir que nos hagas un resumen cortito del cuento” me dijo.
Bueno, para mi me es facil inventar cosas, asi que dije lo que me dijo Carlitos, lo del dragon del pueblo y los ojos rojos como fuego, y agregue un poquito de que el dragon era muy grande y asustaba al pueblo con sus rugidos.
La maestra se paró al frente mio, me dio la espalda, y le hizo un gesto a mis compañeros, después Carlitos me dijo que fue como ese que se usa para callar, y me dijo: “Bien Dionisio ahora en el texto, al dragon lo describen muy bien, vos dibujalo lo mas parecido posible, si te sale parecido te pongo una buena nota”.
Yo agarre una tisa del pizzaron y le dibuje un dragoncito comun, como el que uno ve en la tele, en las películas de los caballeros, esos. Cuando termine el dibujo, todos mis compañeros se comenzaron a reir y se burlaban de mi dragon.
“Anda a sentarte Dionisio, y cuando te diga que leas algo hacelo. Y Leelo hasta el final no seas vago” me reto la maestra.
“¿Porque se rien?” me dijo Carlitos, totalmente ignorante como yo de lo que pasaba.
Tuve que esperar hasta el recreo, y mientras todos jugaban a la pelota, me sente en el patio a leer el dichoso cuento.
“La vieja de lengua se una hija de pepe” dije cuando termine de leerlo.
No se que decir, me dio bronca, pero ya se que con la vieja esa voy a tener que hacer toda la tarea. Chau

Para el que no leyó el cuento no les voy a decir aquí de que es, ni que forma tiene el dragón. Le recomiendo leerlo y que ustedes lo descubran solos. "Lean hasta el final, no sean vagos" diria mi maestra, y, sobre todo, presten atención al desenlace: http://members.fortunecity.com/literatura2/cuentos/otros/dragon.html
Tuve que aprender, a la fuerza de un papelón, que a veces, no es tan malo reconocer que uno no sabe sobre algo.

Su servidor Dionisio

jueves, 15 de noviembre de 2007

La parca llegó al pueblo


Mis primeros años de vida, los disfrute en un pueblito pequeñito, alejado de las grandes ciudades, del ruido y ritmo de las urbes.
Por ser tan chico, cada acontecimiento, por más banal que era, se transformaba en todo un suceso en el pueblito. Existían cosas y hechos que trascendían, más allá de un simple festejo, y quedaban marcados como parte de la historia del pueblo.
Recuerdo como, cuando yo tenía cinco años, casi seis, el pueblo se revolucionó por la muerte de Don Francisco, nuestro almacenero, de 85 años.
El viejo era muy querido por la gente, y a pesar de mi corta edad, hasta yo podía darme cuenta de eso a diario. Los chicos, como yo, lo queríamos porque a diferencia del otro almacenero grande, Don Francisco nos regalaba un caramelo siempre. Aquel, era de una marca rara, no común, nunca más lo vi, ni oí de el. Era de dulce de leche, envuelto en un papel negro con una línea dorada, por solo recordarlo siento deseos de comerlo.
Los hombres del pueblito, iban al almacén y se quedaban horas eternas conversando y discutiendo de fútbol. Y las mujeres mayores, a veces, hasta parecían presumirle al viejo.
No fue extraño, entonces, ver a todo el pueblo peregrinando hacia su casa, cuando salió a la luz la triste noticia de su fallecimiento.
Abuelos, hombres, mujeres y niños fuimos a apoyar a la familia de este buen hombre.
Para mí, fue una experiencia rara, yo nunca había visto un muerto, y en casa casi no se tocaba el tema de la muerte. Yo veía a la muerte, en ese entonces, como algo muy lejano, algo del pasado, o quizás de un futuro muy alejado, y no como algo que podría suceder en el presente.
A la muerte, todavía se la tiene como un tema tabú. Es difícil encontrar personas que hablen con total naturalidad del tema, y sobre todo lo sepan explicar. ¿Se pusieron a pensar que difícil que es explicarla? ¿Cómo harían para clarificarle la idea a un chico de cuatro años, que viene y pregunta qué es la muerte y porqué tiene que pasar?
Entre mi viejo, el mecánico de la zona, preocupado más por el motor oxidado de un chevy que tenía al fondo, que por sentarse a charlar conmigo, y mi mamá que no daba a vasto con las cosas de la casa, nadie se sentaba conmigo a explicarme que pasaba.
Con estas falencias en mi comprensión de lo que estaba ocurriendo, llegamos a la casa de Don Francisco.
Estaba tan lleno que yo pensé que no íbamos a llegar nunca, sin embargo llegamos a entrar. Era una sala grande, que no tenía muchos muebles, había un par de sillones en las esquinas, y unas cuantas sillas. Hasta ahí, lo único que me había llamado la atención fueron las flores y el perfume de éstas, eso hasta que descubrí un cajón grande al fondo de la habitación. Con la curiosidad clásica de un niño, avance un par de pasos. “Epa, ¿adonde vas?” me dijo mi papá, mientras me agarró la mano. Al ver frustrada mi intensión, me obsesione con la idea de ver lo que había dentro del cajón, ya que todos se acercaban, veían y se retiraban llorando.
En un descuido de mis padres, corrí en dirección al cajón. Cuando llegué, lo vi a Don Francisco, parecía dormido, pero sumergido en un sueño especial, sus facciones transmitían tranquilidad, la misma que transmitió durante toda su vida. No recuerdo muy bien que sentí en ese momento, solo que, por curiosidad tal vez, intenté tocarlo. Cuando estaba por hacerlo, me agarró la mano mi papá, me pegó un tirón y me dijo: “aquí no se puede jugar” y me sacó de la casa.
Aquella experiencia la recordé por varios días, a mamá, la volví loca por un mes casi. ¿Dónde fue Don Francisco? ¿No va a volver? ¿Ahora que no estaba, quién iba a atender el almacén? ¿Me seguirán dando caramelos?
“La muerte es irse a otro mundo. Un mundo donde uno está mejor, y donde no se regresa”, así me lo explicó en aquel momento mi mamá, y seguramente, cuando me toque explicárselo a algunos de mis hijos, le diré algo parecido.
En aquel entonces, sentimos la ausencia de Don Francisco, y nos costó retomar la cotidiana rutina. Sin embargo, como pasa siempre, hasta en los pueblos pequeñitos, continuamos hasta que logramos acostumbrarnos a un nuevo ritmo, a un nuevo almacenero, o a una nueva ciudad, como mi caso. Ese aprendizaje, que se obtiene al cicatrizarse una herida, permite un crecimiento que, tal vez, de otra manera no se lograría.
La muerte es, desde ese punto, una posibilidad de aprendizaje y maduración, de aceptación y crecimiento, para todos aquellos que nos quedamos en este mundo. Y la vida, la vida es muy corta, por lo tanto hay que aprender a disfrutar de ella lo máximo posible.
Su servidor, Dionisio

sábado, 27 de octubre de 2007

Historia de Verano


La otra noche, recostado, entre el sofá y una silla, y viendo un poco de televisión, me suena el teléfono. “Hola, ¿como estas?” me dispara. A lo que, rápido de reflejo, respondí: “Bien, por suerte, pero ¿con quién tengo el gusto y “piacere”?. “¿Cómo? ¿ya no te acordás de mí? Soy Vivi”, me lanzó. En ese momento, y por un instante me quedé totalmente en blanco y sin reacción, por suerte, retome el hilo de la conversación, y haciendo un poco de esfuerzo la recordé…
A Vivi la conocí en unas de mis vacaciones en la costa. Yo había ido a visitar a unos parientes que tengo allí cerca, y el mismo día que llegué, la vi. Estaba sentada conversando con mi primo Gabriel.
Delgada, pero no tanto, ese día traía puesto uno de esos mini shorts –después descubriría que no le gusta mucho usarlos- que revelaban sus largas y perfectas piernas, de cabello cobrizo, y con unas pocas ondas, necesarias como para dejar traslucir su hermosa sonrisa en el momento justo. Sin duda, me enamoró desde el primer momento.
Mi primo, se dio cuenta al instante. No tuvo problema, me la presento, y ahí nomás, entre charla y charla, propuso reunirnos a la noche, con otros amigos.
Como a ella la había visto de antes, y porque me gustaba muchísimo también, hable toda la noche solo con ella, y por suerte hubo onda desde el primer día.
Vivi, era una chica muy simpática, con mucha capacidad de diálogo, y sobre todo, muy divertida, le gustaba mucho su hogar, y sobre todo el mar. Yo me sentía muy bien con ella, y no tenía que hacer mucho esfuerzo para estar con ella y divertirme.
El resultado fue, que dos días mas tarde, ya estábamos hechos unos novios enamorados. Para mi era un sueño, me gustaba realmente, y nos llevábamos muy bien.
Esos días que me quedé con mis tíos, los pasábamos juntos, todo el día teníamos algo que hacer, fueron las mejores vacaciones de mi vida. Pero, como todo lo bueno de este mundo, se terminó.
El último día, nos prometimos seguir escribiéndonos, llamarnos y hacer todo lo posible por no perder el contacto.
Duró realmente muy poco esto, lo de la distancia es algo que, tarde o temprano, desgasta cualquier relación. A mi me resultaba muy difícil, y me imagino que a ella también.
No se llegó a charlar sobre nuestra “ruptura”, simplemente nos dejamos de llamar, nos dejamos de escribir, en síntesis, nos dejamos.
Pasaron ocho años desde la última carta, no supe nada de nada, hasta hoy...
“Vivi!!! Mi amor!!! ¿Como estas?” le respondí, con una mezcla de alegría y nostalgia.
“Bien, te llamé porque el otro día lo encontré a tu primo y me hizo prometer que lo iba a hacer. Y la verdad es que quería saber de vos” me dijo.
- Yo estoy bien.- dije- Vivo donde siempre, aunque ahora solo, mi compañero se casó y me abandonó. Así que no tengo quien me rete por mi desorden.
- Yo también, lo hice. Hace dos años que estoy casada con alguien de aquí- me contaba, y mientras lo hacía yo veía diluirse mi esperanza de volver a verla, por lo menos como mi Vivi- El es Licenciado en Oceanografía, y en cierta forma trabajamos juntos, yo me termine por recibir de bióloga marina. Por suerte, soy muy feliz.
Charlamos un buen rato, me contó de algunos de sus estudios e investigaciones, de sus sueños y de que piensa en algún momento ser madre. Mientras que yo, hable muy poco en realidad, solo quería escucharla, aquella voz en el teléfono, me recordaba tantas cosas y tantos momentos lindos. Ella intentó sacarme cosas, yo trataba de contar poquito y nada, por un lado para seguir escuchándola, y por el otro para reservar algo para que, alguna otra vez, pueda volver a hablar con ella.
Me dejó su teléfono, y lo escribí en la heladera. Quedamos en llamarnos nuevamente, para conversar otra vez, y me invitó, para alguna vacación, ir a su casa, donde podría conocer a su esposo y el maravilloso trabajo que hacen juntos.
La vida, a veces, es poco primorosa, y cuando puede nos deja, tan solo, sentir el aroma, y no saborear de los mejores postres.
Paso todos los días por la heladera, la miro, agarro el teléfono, y vuelvo a mi sofá, a ver televisión y esperar que me llame otra vez, porque yo no tengo el valor para hacerlo.
Las historias de amor de verano tienen eso, son solo de verano…
Los saluda.

Su servidor, Dionisio

viernes, 12 de octubre de 2007

Yo y mi bicho... una relación dialéctica


Todos tenemos algún bichito. Aunque la primera oración se puede entender de varias maneras, a la que me voy a referir hoy, tiene que ver ese no se que, o “bichito”, como lo llamo yo, que sentimos cuando tenemos muchas ganas de hacer algo que no esta bien. Y es ahí cuando comenzamos a cuestionar ¿que está bien realmente? Es entonces cuando este “bichito” aparece y nos termina por aguar nuestras intensiones.
Para dejar más claro, voy a poner un ejemplo. El otro día salí, como todos los martes a la noche, a correr por el parque. Pero esta vez ya estaba cansado antes de salir, sin embargo, para no romper mi sana rutina, me aventuré a ir. Ya estaba por terminar de dar mis clásicas vueltitas, cuando unos chicos me silban y, al mismo tiempo, me gritan: “Eh! ¿No querés jugar? Nos falta uno”, en ese momento me saltó el bichito y pensé: “Mmm… ¡Que lindo jugarse un fulbito! Aparte siempre es bueno”, por otro lado, pensé por mi cuenta: “estoy muuuuy cansado, no me conviene”, por eso agarré y les dije: “¿Para donde juego?” Le hice caso al bichito endemoniado.
Termine el partidito y me fui a casa, fusilado como estaba. Así, llegue gateando al ascensor. “No funciona” me dice el portero, y con una sonrisa burlona agrega: “vas a tener que usar las escaleras” Me invadió unas ganas irrefrenables de pegarle, nada muy loco, aunque sea un chirlito, digo, como para hacerme respetar no; pero otra vez el bichito que me salta y me dice: “no esta bien eso, pobre tipo”.
En fin…Por cada escalón que subía, maldecía el momento en que decidí mudarme del segundo piso al catorce. ¿Hace falta que le diga consejo de quien fue?
En cuatro patas llegué a la puerta de mi casa, abrí como pude la puerta y entre. Ya adentro solo pensaba en irme a dormir, y otra vez el bicho metido: “no te vas a acostar así, estas todo sucio. ¡Anda y bañate!” Y como un gil agarre mis cosas como pude, y para no estar parado mientras me duchaba, llene la bañera. Me metí al agua, y tan cansado estaba, que me dormí ahí nomás. Me desperté dos horas más tarde, con un dolor en la espalda y en la nuca terrible… Anduve todo el día adolorido, y todo por no dejarme llevar por mis impulsos y deseos, por hacer caso de los consejos de ese bichito del demonio.
Por eso compañeros y amigos, no le hagan caso a su bicho, les aconsejo que sigan sus instintos y sean felices.

Su servidor, Dionisio

Anexo: Si esto lo lee algún psiquiatra; que no se asuste, ni quiera venir a casa para internarme… Por favor no le haga caso a su bichito!!!

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Un ser "superior"


Clásico en mí, me agarran los estados anímicos por momentos, aunque en realidad son días. En estos últimos, me agarro por sentirme un poco filósofo, y cuestionar un poco de aquí y de allá.
Indagando sobre los aspectos más absurdos de la vida, con el único pero firme objetivo de perder mi tiempo de manera tautológica, descubrí que existen singularidades curiosísimas en nuestra vida diaria.
La mayoría de estos acontecimientos los dejamos pasar sin más reparo. Pero, como un buen día me desperté hecho todo un filósofo los voy a, por lo menos, nombrar.
A ver usted, que está sentado en frente de un monitor, nunca se preguntó ¿porqué todos, o por lo menos los que lo reconocemos, vivimos situaciones similares? ¿Es un error de configuración del que diseño este universo, algún tipo de “pruebita” que tenemos que vivir si o si, o algo similar?
Como prueba numero uno de mi alegato voy a mencionar la “raja” de los plomeros, gasistas o cualquier personal técnico que realice un trabajo en nuestra casa. Es ley que cualquiera de estos especialistas, al agacharse dejan la descubierto esa gran, y toda sudada, raya del c.... Diganme que estoy hablando por hablar (que de hecho es así) pero ¿Por qué tenemos todos que ver esa desagradable escena? No se salva nadie ehhh
La prueba numero dos, que pensé como algo que a todos nos sucedió sin explicación aparente, tiene que ver con los deja vú. Aunque parece que este último tiempo la palabra se puso de moda (no hablo por la película, por si alguno se le ocurrió… que por cierto está buena), el hecho sucedió desde siempre, y sin manejar ningún dato estadístico, para variar en mis divagaciones, podría asegurar que a todos nos pasó por lo menos una vez. ¿Qué objeto tiene? ¿Qué significa? ¿Es algún tipo de chiste para hacernos parecer más tontos de lo que ya somos? ¿Por qué nadie me responde? (a la última pregunta pude contestarla, es porque estoy encerrado en una pieza solo y nadie me escucha gritar)
Las últimas evidencias que traeré para ratificar mis alocados, y desvariados, argumentos, son una serie de hechos que demuestran que existe alguien que diseña y organiza nuestro universo, que no sólo es un “ser superior” sino que además hace cosas constantemente para burlarse de nosotros. ¿Cómo es posible que cuando uno más apurado está no pase un taxi? ¿Por qué cuando ganamos plata en una mano de ruleta, en la siguiente perdemos todo? ¿Es lógico que en los días más importantes, surjan millones de problemas a solucionar? ¿Es realmente factible, que se nos caiga el pan que recién untamos con mermelada, dulce o manteca siempre con lo untado para abajo?
En definitiva, y para ya no agobiarlos más con mis constantes preguntas, les dejo mi reflexión final. En algún lado, existe este “graciosito”, que se encarga, muchas veces, de burlarse de nosotros y de nuestra pobre y aburrida vida, que tiene muchos años y que sus “chistes” ya son viejos. Propongo que, al fin, cambie el repertorio.
Los saludo, no sin antes invitarlos a meditar sobre estas, y otras situaciones similares. Y si aún, desean “desafiarlas” jugando unas vueltas en la ruleta avísenme.

Su servidor, Dionisio

jueves, 6 de septiembre de 2007

Me vuelvo viejo (Retro final)

Nuestros Juegos y juguetes...
Bien, me decidí a concluir con esta serie de viejos recuerdos, que durante este tiempo estuvieron rondando por mi, cada vez mas calva, cabeza.
Entonces, para esta que será la última de mis remembranzas, decidí hacer un pequeño compendio de actividades. Pero tratando, esta vez, de llevar cierto orden lógico y, sobre todo, cronológico.
Difícil reconocer una verdadera edad de plena conciencia. Sin embargo, algunas de las cosas que me acuerdo que hacía de niño era jugar en la vereda de mi casa, o en la de mis vecinos, que era como la mía porque entraba y salía a libre disposición. Fue allí, donde comencé a conocer a mis mejores amigos, que me acompañarían en dichas y tristezas. Cuando recuerdo esos juegos, como las escondidas, la “Toca” (o también conocida como el “tú la traes”, “La mancha” o algo así…), el “congelado” (o las estatuas), y tantos otros juegos sumamente sanos, y divertidos a la vez, que jugábamos de niños, me es tan dificultoso imaginarme, en un par de años, a mis propios hijos jugando libremente en la calle. Cada día que pasa, la calle se convierte en tierra de nadie, y la gente parece, a veces, haber involucionado; hoy existe una maldad y una perversión en las calles que me hacen pensar seriamente si debería permitirles a mis hijos exponerse o no.
Tampoco era tan sano andar “vagabundeando” por las calles, y tal vez por eso, o porque los volvíamos locos, nuestros padres, y tíos sobre todo, nos regalaban juguetes y juegos para el hogar. Pensando en ellos, los juguetes que recuerdo casi sin hacer ningún esfuerzo son los famosos “Playmobil”, aquellos que eran policías, bomberos, reyes o piratas, según el sobrero, la pechera, el pantalón y/o la herramienta que usen. Para las niñas, en ese tiempo si mal no recuerdo, estaban los pinypon, que eran casi lo mismo solo que realizaban actividades como vender verduras, panadero del barrio, etc. Creo que las chicas jugaban, también y además de las clásicas Barbies, con unos caballitos “pequeños ponys” o algo así (perdón por la inexactitud, pero fue hace muuucho je).
Los nuestros, de nenes, eran tal vez más variados. Hoy recuerdo los muñecos de He-Man, que si les apretabas las piernas daban piñas, el Mazzinger, aquel que tenía un botón en el brazo que disparaba sus puños, tal cual el dibujito, y tantísimos otros que por olvidadizo hoy no recuerdo.
Obviamente, no todos estaban definidos por géneros, existían un montón de juguetes que compartíamos tanto nenas como nenes, más allá que siempre había un nene que jugaba con las barbies o la nena que se sentaba con sus 3 o 4 hermanos a jugar con los juguetes de los súper amigos (superman, batman, robin, flash, etc.). ¿Se acuerdan del famoso “miky-moko”? ¿Los rastris? ¿El ludomatic, aquel que nos regalaron a todos alguna tía vieja pero copada?
Las actividades en las escuelas también están bien recordadas. Aunque nunca llegue a entender bien, parecían divertirse mucho saltando el elástico, la rayuela o la misma piola. Yo prefería juntar mis “figus”. Recuerdo que tuve muchas, a ver: “Los supercampeones”, las de Oliver y Benji; “Batman”, las del “mundial 90”, y muchas más claro.
Un poco más de grandecito, y poco a poco, la tecnología se fue adueñando de mis ratos libres. Si tendría que hacer memoria, recordaría la famosa “commodote 64”, un maquinon que me entregó tardes y noches enteras de diversión. Tal vez, muchos no recuerden, pero para jugar con estas “computadoras” se debía cargar el juego con un cassette de cinta (los mismos de audio). Mas tarde, descubrí la XT, que tenían un sistema similar.
Hasta que apareció nuestro tan querido Attari, “la consola” de video juegos por excelencia. Luego, llegó el Nintendo, con el multijugado MARIO BROS., mas tarde el Sega mega drive, con el espinillo que se hacía bolita.
A partir del Supernintendo, comenzaron a salir miles de consolas, tantas que hasta hubieron muchas que ni conocí (game boy, play station, etc.). Por mi parte, preferí los juegos de mi PC, y ahí quedé hasta hoy.
De esa manera, transcurrió mi infancia, la nuestra. Tal vez no fue la mejor época de todas, pero ¿a cuantos de nosotros no nos gustaría que nuestros hijos vivan una similar?
Les dejo un abrazo, nostalgioso como estos recuerdos, que nos trasladaron, aunque sea por un ratito, a una época en donde compartíamos pocas maldades y muchas travesuras.

Su servidor, Dionisio.

domingo, 19 de agosto de 2007

Me vuelvo viejo (Retro cap. 2)


Hace un tiempin, me agarró la nostalgia y meditaba sobre las viejas cosillas que hacíamos los vejetes como yo. La idea fue en principio enumerar las actividades pero entre chiste y chiste se me hizo largo lo de la tele, por eso decidí fraccionar mis añoranzas.
En esta oportunidad, me senté a recordar la pelis que iba a ver de más joven (no es que ahora no lo sea... jeje). En realidad, siempre fui medio fanático de aquellas donde había algún súper héroe, aunque me gustaba, y todavía me gusta, ver de todo.
El tipo era de esos que iba al cine a ver películas como Superman (todas), batman (todas), flash, Conan (las dos), Indiana Jones o Robocop, el policía robot, una huevada ¿no? Jaja Sin embargo, yo iba (un nabo total).
Pero también iba a ver otros tipos de películas, ¿se acuerdan de los cazafantasmas? Jaja. Los cuatro tipos que vestidos con un mameluco horrible salían en busca de fantasmas en el ecto 1.
Para esa época fui, también, a ver “Las aventuras de chatran”, la peli del gatito que enterneció a todo el mundo, y que al final después nos terminamos enterando que para hacer la peli se abusó de un montón de gatitos, y que muchos de ellos murieron (para los ecologistas maníacos les recomiendo leer http://www.telepolis.com/cgi-bin/web/DISTRITODOCVIEW?url=/1469/doc/arte/chatran.htm ).
También fui a ver Willow, la historia, llena de fantasias, de un enanito que encuentra a un bebé y lo cuidad de monstruos, peleas etc. que la verdad no me gustó ni medio en su momento, menos ahora, no se la recomiendo a nadie.
“La historia sin fin I y II” peliculones las dos. “Corre Atrellou, corre!” jaja; alguna vez todos los chicos jugaron con ser Atrellou, y las nenas, por supuesto, enamoradas de él.
Otra muy buena y graciosa fue “Beetlejuice” ¿se acuerdan del fantasma ese?
Las películas de terror de esa época también fueron un clásico, los julepes que me habré pegado con “Freddy”, con “Halloween” o “Tiburón” y todas sus sagas. Tal vez hoy veamos esos clásicos y no nos cause nada de miedito, pero lo que eran los cines en ese entonces, un solo de gritos.
Ahhh pero no me puedo olvidar del cine argentino, por lo general, existían copias burlonas de las películas yankis: “Bañeros I y II” burlándose toda la película de tiburón, también “La brigada explosiva” o “Rambo, Rambito y Rambón” no hace falta aclarar nada… sin palabras.
Espero que en estas poquitas líneas hayan recordado alguno que otro film que disfrutaron en una época pasada. Seguramente me quedaron muchas de mis favoritas afuera, pero traté de resumirlas en otras, se aceptan otros títulos que nos hagan recordar un buen momento sentado frente a la gran pantalla.
La tercera parte de mis recuerdos “Próximamente…” “Ya viene…” “Coming soon…”

Su servidor, Dionisio.

lunes, 13 de agosto de 2007

Me vuelvo viejo (Retro cap. 1)


“¿No tienes algo para hacer aparte de estar sentado como un imbécil ahí?”, la frase que me acompañó durante una gran parte de mi vida… Tal vez en otros tiempos, la vida era más linda: los nenes salían a jugar a la plaza, donde todavía no habían tantos delincuentes fumando uno que otro porrito; los adolescentes recién lo eran cuando se cumplía con el ritual de la entrega de los famosos “pantalones largos”, y pensaban más en presumir a la vecina, que preocuparse de esconderse de los borrachos de la esquina; o simplemente, lo que pasaba era que no se tenía la tecnología que hoy se tiene.
La cuestión es que porque en estos días me agarró el viejazo, característico de la gente de mi edad, y en él recordé algunas de las actividades que realizaba de niño, de adolescente, y que a veces aún hoy realizo. Entre ellas encontré un par que desataron alguna que otra sonrisa: miles y miles de horas, sentado frente al televisor, mirando cosas que tienen poco sentido, que solo sirve para asegurarme que durante ese tiempo no logre nada más que estar de vicio ¡Qué hermoso! De niño, hubieron series y dibujos animados que me marcaron, y para nombrar algunas/os: Brigada A, no había nadie que se resista a ver las aventuras de tiros de esos tipos; el viejo y querido marcianito de ALF, o la parejita de Mork (marciano del planeta Ork creo) y Mindy con Robin Williams, el inmaculado Chavo y todos los personajes de Chespirito; y entre los dibujos de la época estaban: los clásicos de la Warner (Bugs Bunny, pato lucas, etc.), Los Thundercats, unos grandes, los felinos que peleaban con un malo, todavía me acuerdo de Leonó, un maestro; aquel que decía “thunder, thunder, thundercats, thuuuuuuuuuuuu” con la espada en la mano y se iluminaba el ojo de todos los “Michis” que acudían a rescatarlo, también estaba He-Man con su “Poder de Greiscol” y su tigre amigo, y los inolvidables “Halcones Galácticos”, donde el malo decía algo como “…dame el poder, la fuerza… de ser invencible!!! ” y se transformaba en un bicho poderoso. En mi adolescencia el gusto televisivo fue cambiando, no demasiado en algunos casos, me seguían gustando algunos dibujos y algunas series. Para aquel entonces, estaba comenzando la serie de dibujos mas exitosa hasta el día de la fecha, Los Simpson, si señores yo vi los primeros capítulos, como también comencé a ver Friends, y hasta veía Brigada Cola jaja. Era de la época de los primeros Video Match, que te hacían reir de verdad, y no se veían tanta mina desnuda.
Inevitablemente los años pasan, y uno comienza a darse cuenta, lo que es un signo de que no vienen solos, sin embargo, yo creo que recordar viejas actividades no es tan malo ni tampoco es vivir en el pasado ¿o si?
Como en estos días ando tan memorioso, voy a extender el tema para otra oportunidad en donde voy a recordar otras actividades de “Aquellos años felices” ¿se acuerdan?
Hasta entonces.

Su servidor Dionisio

sábado, 28 de julio de 2007

¿Lo hago o no lo hago?, esa es la cuestión


Hace falta que uno no pueda hacer algo, o diga que no va a hacerlo para que se presenten millones de buenas oportunidades que te tientan a tirar todo. Esto parece ser ley, y al tema ya mencionado con anterioridad (en Irresistible), hay que agregar miles de situaciones.
Recuerdo, por ejemplo, cuando era chico y me pasaba eternas tardes aburrido en casa (porque nenes del ahora, antes no existía la play, y eran pocas las casas que tenían compu), sufría horrores, porque no hay nada más desesperante para un chico que estar aburrido. ¿En que derivaba mi aburrimiento? Si, seguramente muchos adivinaron, en mandarme alguna macana, que por propiedad transitiva, tenía como consecuencia un castigo. ¿Cuál? Fácil, “no salís a jugar con tus amiguitos”. “Es un castigo tonto de cumplir”, decía yo, y levantando la cabeza, con displicencia, y sobrando la situación además agregaba algo así: “mis amiguitos este fin de semana no estarán. Martín se fue a la casa de su abuela, y Carlitos hoy sale a pescar con su pap...” y antes de terminar la frase tocaban a la puerta, y mamá salía con una cosa como: “Es Martín, dice que no se fue a su abuela porque Carlitos los invito a vos y a el a pescar ¿Qué le digo?”. “Y nada mamá ¿que le querés decir?”. Siempre pasaba algo así, o algo similar, que seguro la mayoría de las personas normales (cuando me refiero a los “normales”, lo hago pensando en todo el mundo excepto los nerds que nunca hacen otra cosa que estudiar) alguna vez vivimos. Cuando estudiábamos y nos iba mal durante el año, la oportunidad de recuperar las materias, se dan en épocas de vacaciones. Es ese quizá el peor de los castigos, desfilan miles de amigos invitándote a millones de lugares fantásticos, pero no, el nene se tiene que quedar en casa estudiando.
Esto te termina por pasar toda la vida. Puedes vivir para buscar un pantalón que te quede bien, o una camisa, o un auto que te gustó siempre, y no lo encontrarás nunca. A menos que te gastes la plata y no haya manera de recaudarla nuevamente, seguro que ese día encontrarás lo que buscabas. Los gorditos/as sufren con las dietas, que comienzan después de posponerlas y posponerlas, y hace falta que las inicien para que caiga un amigo/a para invitarlo/a a un cumpleaños donde habrá millones de cosas dulces, y es justo esa noche.
Me tocó por sufrir cada uno de estos males, y muchísimos más, que enumerarlos casi sería tan agobiante como leerlos, dejo la oportunidad de que ustedes mismos recuerden alguna situación similar y se rían solos delante de la compu de lo burlón que es este mundo.
Y a los que comenzaron la dieta, o juraron no ir más a una fiesta, los invito, esta semana decidí hacer la “fiesta del caramelo”.

Su servidor Dionisio

miércoles, 18 de julio de 2007

¿Sos mi amigo o no?


“Seremos amigos para siempre…” ¿cuantas veces habremos pronunciado esa frase? Lo cierto es que la amistad es una de las experiencias más lindas de la vida, pero para muy pocos funciona eso de la amistad por siempre.
Cuando comencé a escribir esta entrada, pensaba como lograr que la gente que la lea entienda mi concepto de amistad. Y no pude encontrar una respuesta, será porque todos tenemos concepciones diferentes del término, y eso a veces torna dificultoso el aprehender otra distinta.
Por eso en esta semana, en la cual se festeja el día del amigo, solo se me ocurrió contar una de tantas experiencias con uno de mis mejores amigos, que por circunstancias de la vida nos alejamos.
Javier, aparte de vecino y socio de fechorías, era mi compañero del colegio. Un día, mientras estaba llegando al cole, lo encuentro en la calle con una sonrisa particularmente extraña, y se me ocurre por preguntarle: “¿Qué te pasa, tuviste una buena noche? ¿Llegó al fin tu príncipe azul? jaja”; me mira y me dice que pensaba contarme pero como era tan aparato, ahora no lo pensaba hacer… algo que no le duró ni 20 minutos, y me contó.
Resulta, que para ese entonces estaba el bum de Internet, y a éste le habían comprado una compu nuevita con acceso a la “nueva tecnología”, mientras, en mi casa lo más nuevo era una licuadora de mamá, que cada vez que queríamos usarla teníamos que sacarle el óxido de las hojas.
En fin, como podía entrar a Internet comenzó a navegar por la Web, y por Chat conoció a una chica que se conectaba una vez por semana o a lo sumo dos. Según el, al principio todo comenzó tranquilo, pero que cada semana se ponía mas caliente la charla y eso lo volvía loco. Yo, primero le pregunte un par de datos como para entrar más en clima: “¿Sabes de donde es? ¿Cómo se llama? ¿Edad?”; él, al fin, me dijo que ella era de nuestra misma ciudad, pero que no tenía idea del nombre, porque usaba nick (que en ese momento no sabía que era, pero me callé para no pasar un papelón) ni de la edad.
Y se me ocurrió preguntarle: “Che bolu ¿Y porque no la convences de verse?, capaz que está buena”, a lo que el me dijo rápido “Tenés razón, hoy creo se conecta, le voy a preguntar”
Al otro día aparece en el colegio loco, desaforado, fuera de sí, lo agarre y le pregunte que le pasaba, y el petiso me respondió: “Me dijo que sí, que sí, y no se que hacer. ¡Que sí! ¿Qué hago? No me animo, no voy a ir. No, no, ni en pedo voy. ¡Mira si es un trava!” Con todo ese chorizo de cosas me imagine sobre que hablaba, y aunque compartía la angustia de mi amigo, con lo último que dijo, no pude aguantarme y comencé a reírme a carcajadas. “¿De que te reís, salame?” me retó, a lo que yo entre risas le dije: “¡Hace como 2 meses que chateas, y recién te preocupas si es un trava! jaja”, se calentó un rato pero después se le pasó y me contó todo.
Resulta que éste maricón, no tuvo el coraje de ir la noche anterior a la casa de la “misteriosa” mujer, pero creyendo que iba a tener más valor quedó para el día siguiente, pasar por un banco de una plaza al medio día (después de clases). “Tenés que ir conmigo, vos me metiste en ésta, no me podés fallar. ¿Sos mi amigo o no?” Me volvió loco toda la mañana, hasta que accedí a ir.
Salimos de clase, yo entre risas y cargadas, trataba de que mi amigo se tranquilice un poco. Cuando llegamos al lugar, le dije que nos quedemos al frente, por si las dudas. Estuvimos como dos horas al rayo del sol, clavados ahí, duros como rulo de estatua, y nunca apareció la ínter nauta. Cuando ya nos hacía ruido la panza, lo abrace y le dije: “Ya está chato, seguro que era un trava y no encontró corpiño”, me miró y me dijo: “Entonces, ¿no habrás sido vos?”, así, entre burlas compartidas, nos fuimos cada uno a su casa.
Mi amigo no volvió a chatear más con la “misteriosa mujer”. ¿Y yo? Yo aprendí que eso de Internet no era tan bueno como parecía, y comencé a quererla un poco más a mi vieja batidora.
La amistad es compartir, por eso, en esta semana, les recomiendo que no se cansen de llamar a sus amigos que, en un momento u otro, compartieron cosas, y si les queda un ratito, compartimos un vaso de cerveza y una rica pizza.

Su servidor Dionisio

jueves, 28 de junio de 2007

Panza llena, corazón contento?


¡Que lindo que te inviten a comer comida casera! Ir a la casa de algún amigo, o lo que es mejor, a la casa de alguna hermosa mujercilla, la cual, sabiendo nuestro punto débil, la comida, nos pide que asistamos a su casa, a disfrutar del placer de comer en casa ajena ¡que lindo es!.
Ahora, se dieron cuenta lo dificultoso que es cuando el que realiza la invitación es uno. Siempre pasa algo raro ¿o me lo van a negar? Siempre, siempre se te olvida un ingrediente y hay que salir “al humo”, como se dice, a conseguirlo. Se quema la salsa, o sale agria. ¿Cuántas veces se te habrá pasado la mano con la sal o la pimienta a la comida? Nunca, pero ese día se te pasó. Encima ese día seguro que te pasan un millón de cosas, y llegas tarde a cocinar, por lo tanto cuando llega el o la agasajada, a la comida le falta como una hora, un garrón! Ni hablar del lío que queda la casa cuando termina todo… un solo amontonamiento de platos, ollas, sartenes y demases cachivaches, que de solo mirarlo quitan las ganas de de limpiarlo y ordenarlo a cualquiera.
Por eso señores, yo opino que si nos reunimos, vamos a cenar a la casa de otro, o comemos pizza en la mía, conozco una muy buena pizzería cerca de casa… Los invito!

Su servidor Dionisio

martes, 5 de junio de 2007

El viajar es un placer


El otro día me tocó en “suerte”, realizar un viaje con bastantes horas encima. Todo aquel, que por diferentes motivos, tuvo que viajar muchas horas, durante mucho tiempo, sabe la tortura que es. Claro, que siempre están las excepciones, aquellos que se sientan dan o tres vueltitas y se duermen todo el viaje. Pero por lo general, aguantar el viaje es dificilísimo.
Ya dormir es difícil, estas en un asiento que cuando te lo venden en las ventanillas pareciera que te venden un sommier, y cuando lo ves es una cosita pequeñita, chiquita y dura; y encima seguro que el que te tocó está roto, y no “se hace cama”. Y pretenden que uno duerma en eso.
Ah! ¿Y la compañía? Uhhh un tema. Uno siempre sueña e imagina que va a viajar con una señorita hermosa y vas a lograr algo, sin embargo eso nunca pasa.Yo, por ejemplo, vivo para acompañar viejitas, pero no cualquier viejita. A mi me toca una raza especial de ancianas. Son especialmente rompe paciencias: “Hijito, ¿me ayudas a cargar mi bolsita en el maletero?”, “Hijito, ¿no me pasas mi bolsita?” (5 minutos después) “La subís de nuevo, gracias”. Lo peor es que según va pasando el tiempo, parece que se van acostumbrando a decirte que es lo que tienes que hacer, tanto que creo que ya piensan que uno es casi un “esclavo” suyo: “Bajame a comprar unas galletitas, por favor”, “Estas no me gustan, son muy dulces ¿me las cambias? Y a la vuelta ¿me traes un café?”
Y uno baja, maldiciendo a todos los Dioses y astros que se acomodan siempre para que no viajes tranquilo, y cada viejita es peor. Pero ¿que le vamos a decir?, y nos consuela decir que si esa fuera nuestra abuela nos gustaría que se la tratase bien. Pero, si esa fuera nuestra abuelita, la mandamos a freír papas, ¿que nos viene a mandar? ¿Quién se piensa que es?
Así, uno tiene que seguir siendo esclavos de los demás, atendiendo peticiones ajenas, descuidando requerimientos propios, porque mientras buscabas la “galletita menos dulce” se te estaba yendo el colectivo y no tuviste tiempo de comprarte algo para vos.
La semana que viene tengo que viajar de nuevo, espero me toque una linda señorita y logre algo, ya les estaré contando.
De todas maneras si deciden viajar, avisen y nos vamos juntos, ¡pero no me sienten a lado de la abuela!


Su servidor Dionisio