jueves 16 de julio de 2009

Mi mejor amiga


No dejo de extrañarla. Sus ojos se clavan en mi nuca, todavía siento su perfume en mi casa y su sonrisa no deja de perseguirme ni un solo instante.
Maldita la hora en que la conocí. Me llena de bronca haber vivido y haber disfrutado tantas cosas con ella, porque no la tengo y es eso lo que hoy no me permite olvidarla.
La conocí hace muchos años. Recuerdo aquel día como si fuera ayer, aunque de esa época, en la memoria sólo me quedó aquello: cuando entró al aula por primera vez.
Lo hizo de una forma imponente, radiante, como cada vez que entro y salió de mi vida. Ese día tenía un delantal blanco y una pollerita azul, dos coletas en el pelo, y en su rostro millones de dulces pecas que la hacían aún más hermosa.
Durante todo el colegio no hice otra cosa que pensar en ella y tratar de acercarme, y aunque siempre intentaba disimularlo, era tan obvio que todo el mundo lo percibía. Con el tiempo, ese “amor juvenil” se fue arrinconando a un costado y le fue ganando espacio un cariño distinto: un cariño de amistad.
Con Cecilia fue así, casi sin darnos cuenta nos hicimos amigos. Y cuando mejor nos llevábamos se cambió de colegio y desapareció de mi vida.
Yo, obviamente continué con mis cosas: conocí muchos amigos y otras tantas chicas.
Al terminar el colegio me embarqué a la gran aventura que fue venirme a una ciudad tan grande como esta. Y el destino, casi burlándose de nuevo de mi, en mi primera salida me la cruza.
Tal vez porque no soy poeta, o porque no tengo la prosa suficiente, me cuesta horrores expresar lo que sentí en ese instante en que la volví a ver después de tantos años. Me es difícil incluso escribirlo porque esa imagen, aún hoy me acompaña y todavía me paraliza, como lo hizo aquella vez. Recuerdo que me puse nervioso, que no supe bien qué decir, qué contar, qué preguntar. Que el corazón me latía muy rápido y que, como un bobo, la situación misma me daba vergüenza.
Por suerte, ella tuvo, como siempre, la tibieza necesaria y suficiente para darme su dirección.
Pero tampoco fui a su casa desesperado. Por el contrario, me tomé un tiempo prudencial. Intente mantener la calma y dejé pasar unos días. Claro que mientras tanto no dejé de pensar ni un segundo en ella.
Cuando al fin nos encontramos en su casa, en donde vivía sola, comenzamos a charlar, a recordar travesuras, y tantas cosas vividas juntos. Nos contamos muchas cosas de nuestras vidas: de las cosas ya hechas, de las por vivir, de los objetivos.
Fue como si, no se… Esos momentos raros que a veces se le presentan a uno: como si nunca nos hubiéramos separado pero al mismo tiempo si.
Ella estudiaba lo mismo que yo, y hasta iba a la misma facultad. “Gracias Dios”, pensé por dentro cuando me lo contó, al tiempo que me daba un abrazo.
Estaba de novia. Algo que a mi no me preocupaba tanto, ya que yo estaba más contento de recuperar a mi amiga que a aquella chica que me gustaba.
Más tarde conocí al novio. Pibe piola, del interior también. No nos hicimos amigos nunca. Tal vez porque él, en el fondo, sabía algo que yo todavía no, o sí, pero que no lo quería aceptar. A mi Cecilia me gustaba, y nunca me iba a dejar de gustar.
Y así pasaron dos años, compartiendo cosas y disfrutando de la mejor de las amistades. Yo, con las chicas iba y venía, nunca tenía nada fijo; y ella por su lado estaba con su chico al parecer bien.
Sin embargo un día, de la nada, me llama y me cuenta que habían cortado para siempre, porque descubrió que él salía con otra flaca.
Yo la verdad no lo podía creer, si bien el loco era medio fachero, también era un salame incapaz de mentir hasta en el truco. A parte, la tenía a ella que era casi perfecta. Pero bueno, como dije “era un salame”.
Le dije que se tranquilizara que al principio iba a doler pero que tarde o temprano iba a pasar, que contara conmigo para lo que necesite el tiempo que le haga falta. Y pasó. Pasaron dos o tres meses y ella estaba cada día mejor.
Y nosotros salíamos todos los fines de semanas, fue la mejor época, hablábamos de todo: nos unimos como nunca.
La vida, punzante como es, a veces te pone pruebas, o como dicen las viejas: “te deja el palito para ver si lo pisas”.
Una noche de esas, volvíamos los dos medio mamados (más mamados que medios). Cuando la dejo en su casa me dice que perdió las llaves en el boliche. Yo tenía en casa el otro juego, así que allá fuimos.
Cuando llegamos, pasamos, le serví un té como para pasar un poco el alcohol, y no llegamos a darle ni un sorbo. No se que habrá sido. Nos confundimos. Patinamos. No se ni qué calificativo ponerle o como describir la seguidilla de cariños y besos que nos dimos uno al otro.
A la mañana siguiente no recordábamos mucho pero si lo suficiente. Amanecimos desnudos abrazados uno al otro. Fue un momento medio tenso, debo reconocerlo. No entendíamos mucho, ni tampoco quisimos entender mucho más.
Ella se levantó, se vistió, agarró sus llaves y se fue.
Yo intenté detenerla para conversar sobre lo que había sucedido, pero fue en vano. Sólo dijo: “Después hablamos”.
Pasamos un mes sin hablarnos. Cuando al fin tomé valor y me decidí ir a su casa, me llama por teléfono y me dice que estaba en el aeropuerto, que se iba a Europa, y que no sabía cuándo volvería, si es que alguna vez lo hacía.
Por más que intenté convencerla, no hubo caso, ya lo había decidido.
Cada tanto me envía un mail para navidad o para el día del amigo.
“Te quiero mucho Dionisio, cuidate”, fue lo último que escuché de la mejor amiga que alguna vez tuve y de la mujer que descubrí en ella.

Su servidor, Dionisio

lunes 8 de junio de 2009

La mañana que no olvido


El otro día me desperté como todas las mañanas. Mi habitación no es muy grande, y tiene una persiana que por lo general cierro en invierno, por lo tanto a la mañana es tan oscura que no se sabe si es de día o de noche. Me levanté todavía medio dormido sin encender la luz, costumbre que fui adquiriendo con el único objetivo de no sufrir de ese encandilamiento que se produce por unos instantes hasta que la pupila del ojo se acostumbra a la nueva luz. Así, fui al baño a lavarme los dientes y el rostro, en ese orden. Y mientras desarrollaba la primera actividad escuché un sonido raro que provenía de mi cuarto. Era como un quejido. Levanté la cabeza, me miré al espejo y me quedé pensando si lo había imaginado producto de mi conciencia, todavía dormida, o lo había escuchado realmente. Fueron cinco o diez segundos, hasta que lo escuché nuevamente, y esta vez fue más claro y más fuerte.
No niego que lo primero que sentí fue susto ¿Qué más podía sentir? O sea, vivo solo me dije…
Aún así fui hasta el cuarto, convencido de que tal vez el sonido provenía de otro lado, o de que tal vez la tele se había encendido sola, ya que yo la programo todas las noches para que me despierte.
Cuando llegué, encendí la luz y me quedé helado. La tele estaba apagada y definitivamente el sonido provenía de ahí. Al lado de mi cama había una cuna color salmón.
Fue en ese instante en que recordé todo. “Yo soy papá”, me dije. Hace un tiempo, aquella aventura de una noche, logró encontrarme de nuevo y me dio la noticia:
- Quedé embarazada de vos. Yo sé que no es la mejor manera y que seguramente vos no lo querés, pero es mi hijo y lo voy a tener con o sin vos.
A pesar de lo que dijo, la forma en que fui criado no me dejaba opciones. Me iba a hacer cargo yo también. Y así fue…
Entonces, ahí estaba en casa, con Micaela, mi hija. Era la primera vez que se quedaba conmigo solo los dos. Y la costumbre de vivir siempre solo, sumado a estar medio dormido, me llevó a confundirme tanto que mi cabeza me había jugado una mala jugada.
Me acerqué a la cuna, y la vi... Fue entonces cuando supe que allí estaba la personita más hermosa de todo el mundo. Recuerdo que pensé en todo lo que le queda por vivir, sentir y disfrutar de la vida, y que si Dios me daba la oportunidad yo iba a estar al lado de ella siempre, en cada uno de esos momentos; y en qué feliz que eso me hizo sentir.
Y mientras estaba parado allí, observando sus dos meses y medio de vida, frotándose los ojitos, me anunció que se despertaba.
No resistí más y la tomé entre mis brazos. Y no puedo describir con palabras ese sentimiento, simplemente no puedo, no me sale, siento que cualquier palabra que encuentro es chica que un sentir tan grande no puede resumirse en un par de letras juntas.
Y mientras le preparaba la leche para dársela, se encendió la tele, estaba muy fuerte. Y abrí los ojos… Estaba en mi cama, todavía confundido no me importó si me encandilaba o no, encendí la luz y miré al costado de la cama esperando ver la cuna. Pero no. Había sido todo un sueño…
Es difícil explicar como me sentí ante aquella cruel realidad. Porque por ahí ser un padre soltero no es el mejor de los escenarios, pero era padre. Es verdad, fue un sueño, pero fue muy real, y lo que sentí fue tan fuerte que hoy comienzo a ver la vida con otros ojos. Tal vez sea mi edad, que estoy comenzando a entrar a una nueva etapa de la vida y que ella me comienza a exigir otro tipo de forma de disfrutarla. No se… Sólo sé que extraño ser ese papá que nunca fui.

Su servidor, Dionisio.

miércoles 13 de mayo de 2009

El alma, el futuro y los dejavú


Muchas veces he reflexionado sobre lo que sucedió con Daniel. Más de una vez pensé en qué hubiera sucedido si no le proponía que me entregue esa foto. La verdad es que nunca pude encontrar una respuesta, porque cualquiera que daba se me presentaba como inverosímil e imposible de probar. Y ello me ha llevado a pensar en que de cierta forma todos tenemos marcado un camino, o por lo menos tenemos algunos pocos caminos posibles. Y son nuestras propias elecciones las que nos van abriendo o cerrando otros que ya están de cierta forma pre propuestos.
Es como aquello que propone que ya el nacer en determinado espacio- tiempo y en determinado contexto te limita tus posibilidades de crecimiento económico-social. No vas a poder crecer más que esto (salvo excepciones).
Pero creo que va más allá de eso, hay ciertos factores que exceden lo social, que tienen que ver un poco más con lo individual, con la esencia de cada persona y con algo que está mucho más allá de lo material.
Es indiscutible que cada uno tenemos un espíritu, un alma, que nos domina y que nos hace ser lo que somos. No hay duda tampoco, que ella no es material, que es “algo” difícil de definir pero que está, que existe y que por ella existimos.
Yo pensaba en ello y me preguntaba: “Si nuestra alma existe, no es material pero está, aunque no sabemos donde, ni sabemos ubicarla ni mucho menos dominarla ¿Qué le impediría abandonarnos por un tiempo?”.
Si es como muchos creen, que nuestra alma abandona nuestro cuerpo cuando morimos (como la religión intenta hacernos creer), y muchas de ellas terminan deambulando por ahí ¿Qué le impediría hacerlo antes?
Me ha pasado muchas veces llegar a un lugar completamente nuevo para mi y tener una cierta certeza de que ya lo conozco.
Y ni hablar de aquellos famosos dejavú. Porque digo, al no ser un ente material, es decir, al ser algo totalmente inexplicable e indescifrable, que viaja recorriendo espacios no conocidos, por ahí podría viajar en el espacio-tiempo hasta llegar a momentos del futuro.
Si esos viajes son posibles, significa que el futuro ya está predestinado y que no hay nada que se pueda hacer para cambiarlo. Y por ahí, esa sea la única forma que tiene el alma para mostrarlo.
Su servidor, Dionisio

sábado 11 de abril de 2009

La fotografía


La historia que siempre contaba mi abuelo sobre su viaje y el supuesto “gaucho fantasma”, me producía cierta incredulidad. Notaba que existían incongruencias, cosas que no me cerraban y no terminaban de convencerme.
De hecho, tal vez por esa historia, que yo siempre fui muy escéptico con respecto a esos cuentos sobre fantasmas y cosas sobre naturales. Quizá por ello, porque nunca me sucedió nada extraño, o porque nunca tuve ninguna experiencia que relatar, o no se porqué…pero no creía en absolutamente nada.
Es más, siempre era yo el que buscaba algún tipo de explicación terrenal que logre esclarecer el misterio de cada relato.
Esto hasta que me pasó algo verdaderamente extraño, algo que por lo general no me animo ni a contar.
Todo sucedió durante la última semana de clases previo a recibir el título secundario.
Yo había ido al mismo colegio público desde el primer grado, el Nicolás Avellaneda. La mayoría de mis compañeros me habían acompañado en el camino durante la primaria y la secundaria. Cada uno de nosotros nos conocíamos como si fuéramos hermanos.
Éramos veinticinco en total, catorce chicas y diez chicos. No, perdón, once chicos.
Lo que pasa, es que los que nos juntábamos siempre éramos diez. Daniel era el once.
Y la verdad es que pese a que fuimos compañeros desde quinto grado, cuando sus padres llegaron al pueblo, nunca llegamos a conocerlo del todo.
Daniel era un chico muy callado, tímido y totalmente introvertido. Ya su aspecto físico lo demostraba. Era muy flaquito, tenía una piel muy blanca, y además parecía que se iba a quebrar en cualquier momento. Tenía encorvado el cuerpo, como alguien que tiene vergüenza de algo. Pelo castaño, con una raya al medio que, con toda seguridad, todavía se la hacía su mamá.
Sin embargo, nosotros hicimos miles de intentos por integrarlo al grupo. Y cada uno de ellos, era rechazado siempre con alguna nueva excusa. Aún así, lo queríamos, ya que pese a su automarginación, era un pibe muy respetuoso, bueno y generoso con sus cosas.
Durante aquella semana, que no voy a olvidar más, las cosas se habían salido de los carriles normales, y se vivía un ambiente de locura y exaltación constante. Habíamos tomado como costumbre, entrar a clase 10 o 20 minutos después de que tocaban el timbre para hacerlo.
En una de esas oportunidades, me fui al baño para mojarme la cabeza ya que ese día hacía mucho calor, y la verdad es que era la única forma de sobrellevarlo. Cuando me agache para mojarme un poco la nuca, sentí como una brisa fría, rara, y como una presencia que me observaba. Como cuando a veces, sin llegar a confirmarlo, sabes que alguien te está mirando.
Al levantar la mirada, ahí en la puerta del baño estaba parado Daniel. Estaba más pálido que de costumbre, las ojeras, características en él, eran más oscuras que nunca. La verdad que la sola imagen era medio escalofriante. Pero era Daniel, ¿qué podría hacer?
Yo, todavía agachado, me quedé tan sólo observándolo. El, mientras tanto, se me acercó lentamente. Y como nunca, apoyó su mano sobre mi hombro y me dijo: “Dionisio, necesito ayuda”.
- Eh loco, ¿qué te pasa? Contá conmigo para lo que necesites –le dije.
- Mirá, pasó algo muy raro. Y no lo puedo controlar. No se que hacer. Ya he intentado todo, estoy desesperado. Hace dos días que no puedo dormir.
- Pero ¿qué pasó? Contame –repliqué.
- Todo comenzó –dijo- por culpa de una prima que vino a pasar unos días a casa este último fin de semana…
Me contó que la flaca era un par de años más grande que nosotros. Que a ella le gustaba, y sobre todo, que practicaba aquello de la magia negra y esas cosas, que claro yo no creía.
El tema es que parece que ella lo convenció de hacer una mini sesión con un güija improvisado. Al parecer, en medio de la “sesión” sucedió algo medio raro. El “espíritu contactado”, le fue dando pistas y le señaló el camino hacia el patio de su casa y “le pidió” que abran una caja que había en el fondo.
Los chicos lo hicieron y, al hacerlo, encontraron una foto vieja de una monja con un nene; enterrada bajo abundante sal gruesa. Según Daniel, ni su propia prima lo pudo creer cuando la encontraron.
Y ahí, después de eso, fue cuando comenzaron los problemas. El “espíritu” se puso medio violento, empezó a “deletrear” frases sin un sentido cierto. Y al preguntar si se quería ir (una de las reglas de este “juego”) siempre respondía con un contundente “No”.
En un momento, y ante las preguntas de los chicos (las que ya no eran respondidas) el espíritu deletreó una frase larga: “No soy quien dije que era, y ahora por fin estoy libre. No van a poder encerrarme nunca más y me voy a quedar en esta casa para siempre.”
Y con eso último que me contó, Daniel empezó a moquear.
Me contó que esa noche, por más que intentaron miles de veces, no pudieron “cerrar el juego”, y que lo dejaron así para intentarlo al otro día.
Dani me dijo que no pudo dormir en toda la noche, porque sentía que no estaba solo en su habitación, que había “alguien” observándolo.
Al otro día junto con su prima, volvieron a intentarlo, pero esta vez fue peor porque ya no recibieron respuesta.
La chica le dijo que seguramente se había ido, que a veces no hace falta cerrar nada, que los espíritus se cansan y se van. Y que seguramente, el espíritu, dijo aquello último para burlarse de ellos, ya que estas “almas en pena” suelen ser muy burlonas.
- Pero eso no es todo- me dijo Daniel- Eso recién fue el principio.
- ¿Qué más pasó? – le pregunté.
- El domingo se fue mi prima con mi tía en su auto, y hasta ahora no sabemos nada de ellas –respondió con un tinte de amargura- Toda la familia está preocupada, las busca la policía y no hay noticias. No encuentran ni siquiera el auto.
- Bueno, Daniel pero puede ser todo una triste coincidencia – le dije, respondiendo a mi clásica manera de ver las cosas.
Yo a estas alturas, consideraba éste como un triste relato más, que involucraba un hecho real, con un hecho casual y la superstición de una cultura que necesita creer de algo más de lo que vemos diariamente. Todo esto, potenciado por la personalidad de Daniel. El cual, había sido durante toda su vida alguien tan introvertido que nunca se había destacado en nada, ni tampoco le habían sucedido cosas realmente importantes en su vida, convirtiéndola en monótona y aburrida. No sería extraño, que su mente juegue con él, con el objetivo de ponerle cierta “pimienta” a la rutina.
- Mirá – me dijo mostrándome la foto
- ¿Qué haces con eso?
- Intenté de todo para deshacerme de ella –me contó desesperado-: la tiré, la rompí, la quemé, de todo hice; hasta la volví a enterrar, cubriéndola de sal, tal cual la encontramos; y siempre aparece de nuevo en mi cuarto, debajo de mi cama. Todo esto, me tiene mal, no puedo dormir y cada vez que lo intento siento ruidos, siento que me llaman desde la otra habitación y cuando voy no hay nadie. No se que hacer.
- Dámela a mi –le dije, proponiéndole una solución válida.
- ¿Estás loco? No quiero meterte en todo esto…
- Naaaa – respondí- yo no creo en esas cosas, para mi son propias sugestiones. Por ejemplo: vos te imaginas que tiras, rompes o quemas la foto, pero en realidad no lo haces. Y vos mismo la escondes debajo de tu cama, sólo que tu mente, de manera inconciente, anula ese recuerdo. Es algo posible, de hecho es una técnica que algunos estudiosos de la mente utilizan.
Al principio Daniel no quería saber nada con mi idea, pero lo logré convencer y me la entregó.
- Ahora cuando salgamos de clase – le recomendé- te vas a tu casa y te dormís tranquilo. Yo me voy a deshacer de esto. Anda tranquilo loco.
- Gracias Dionisio, si sale todo como vos lo decís te lo voy a agradecer de por vida –me dijo el pobre.
Después de la charla, yo metí la foto en mi billetera y volvimos al aula. Daniel se veía más relajado, y hasta opinó en clase sobre las diferencias conceptuales del nazismo y el fascismo, algo que nos sorprendió a todos, incluso a la profe.
El resto de la jornada transcurrió sin ninguna novedad, y hasta me olvidé que llevaba la vieja foto en mi billetera.
Cuando volví al otro día encontré a todo el mundo llorando. Y al preguntar qué es lo que había sucedido, me dijeron que Daniel había fallecido.
- ¿Pero cómo? – pregunté extrañado.
- Nadie sabe cómo –me respondieron- sólo que al parecer fue de noche, esta mañana sus padres lo encontraron ya muerto en su cuarto.
Casi como un acto reflejo recordé la historia que me relató, y lo de su prima y su tía. Saqué mi billetera del bolsillo y busqué la foto, pero no la encontré.
En el colegio nos dieron el día libre para ir al velatorio y darle el pésame a la familia.
Lo velaban en su casa, así que allí fuimos todos. En un momento, pedí para ir al baño. Cuando me dirigía hasta allí pasé por el cuarto de Daniel, no me pude contener y entré. Llegué hasta su cama, y me agaché. Ahí debajo, como si nunca se hubiera movido, estaba la vieja fotografía; tan sólo para demostrarme que hay cosas que no tienen explicación.

Su servidor, Dionisio

martes 10 de marzo de 2009

Mi abuelo, el viajante


Mi abuelo era hijo de inmigrantes sirios. Sus padres llegaron al país desde Siria a principios de siglo, junto con una gran corriente inmigratoria que refundó y transformó a Argentina en el crisol de culturas que hoy es.
Los sirios tienen una cultura muy rica, interesante y digna de apreciar. Algunos de los símbolos que más trascendieron y que más representan a esa cultura son las danzas de odaliscas, la comida, la música y algunos términos que quedaron incorporados en nuestro idioma.
Mi abuelo llevaba en sus venas y en su corazón la sangre siria, y a veces se ofendía cuando alguien lo llamaba “el turco”. “Yo no soy ningún turco, yo soy de Siria, estos son unos ignorantes…”, decía refunfuñando el viejo que a duras penas había completado la primaria. 
El se llamaba Salim, pero sus amigos y familiares se habían acostumbrado a decirle “salicho”. 
Cuando se casó y llevó a mi abuela de la gran ciudad a un pueblito casi desértico muchos le preguntaron qué iba a hacer allí en un lugar tan desolado y alejado de la mano de Dios. El, despreocupado como siempre, se limitó a contestar que simplemente iba a “sobrevivir”.
Y así fue, poco a poco “Don Salicho” como lo fueron conociendo en el pueblo fue construyéndose una vida. Primero puso un almacén que tenía fiambres, unas pocas bebidas preparadas por él y alguna que otra “chuchería” vieja, como tornillos o herramientas usadas. Como en el pueblo no había nada, mi abuelo comenzó a hacer viajes en una camionetita que había podido comprar con ahorros trayendo más cacharros y mercadería. A veces, entre un pueblo y otro, algunas de las cosas las vendía ya en el camino al mejor estilo de un “vendedor ambulante”.
En unos de esos viajes mi abuelo se encontró con que el camino de retorno estaba cerrado. El siempre volvía por la misma vieja ruta; un camino de tierra que el Virrey de Liniers había mandado a construir en 1809, para ese entonces era el más transitado y el más cuidado también.
Al ver que este estaba cerrado volvió al pueblo que había pasado unos kilómetros atrás para preguntar qué es lo que podía hacer. El pueblito, ya extinto, se llamaba “El Sacramento”, y no tenía más de seis casitas. De las cuales parecían deshabitadas todas.
Allí encontró a un joven artesano que estaba realizando un tejido con lana de vicuña. Se acercó a el y le relató lo sucedido.
- “Mire – le dijo el joven -, hay otro camino que lo lleva a donde usted va, queda por el medio del monte, mi casa queda de camino, yo si quiere le indico como llegar. Pero le recomiendo que lo haga mañana porque ya está oscureciendo. Aquí en el pueblo seguro le prestan una cama para dormir”
El viejo viajero, acostumbrado a largos viajes nocturnos, miró la hora y dijo: “Pero si son recién las siete, en dos o tres horas estoy en mi casa”
- “Oiga don, aquí oscurece temprano, y no conviene andar en oscuras por ahí”
Sin embargo, cabeza dura como siempre, mi abuelo le insistió en que le diga donde estaba el camino y que él se iba a asegurar de llegar sano y salvo a su casa. “A mi no me hace falta niñera”, dijo entre dientes.
El joven resignado ante la obstinación del extranjero se limitó a señalarle el camino, re advirtiéndole que era peligroso.
Así, luego de agradecerle convidándole con un vino que llevaba, Don Salicho se subió a la vieja camioneta Ford y perfiló hacia el camino indicado.
Luego de quince minutos de viaje se dio cuenta que en verdad había oscurecido rápido, y, entre risas, se decía a sí mismo: “Tenía razón el pibe, anocheció rapidito”.
De golpe, la camioneta pegó una frenada. Y tras la nube de humo que se produjo se pudo distinguir bien…Había un caballo en medio del camino. Pero… no estaba solo, montándolo había un gaucho. No se lo distinguía bien, parecía tener un chaleco oscuro, y entre la oscuridad y el sobrero no podía distinguirse el rostro de éste.
Mi abuelo, sorprendido y molesto por la actitud de quedarse parados, tocó un par de veces la bocina. Al no recibir respuesta, bajó el vidrio de la ventana y le gritó al gaucho para que se corriera.
Gaucho y caballo ahí: quietos, inmutables, como si no pasara nada.
- “Ya vas a ver si te vas a correr o no”, dijo mi abuelo, tomando su escopeta de caño largo que llevaba siempre a sus viajes, y dispuesto a encararlo bajó de la camioneta.
Mientras se acercaba, notó que la temperatura había descendido demasiado para ser verano, según calculó estaban en unos doce grados.
- “Te dije que te corras”, le gritó al gaucho e intentó tomar de las riendas al caballo.
Pero no pudo, sus manos pasaron de largo, las riendas del freno del caballo se les escapaba entre los dedos, como si se esfumaran cada vez que intentaba agarrarlas.
Una hora más tarde, el mismo joven que le había enseñado por dónde ir, lo encontró desmayado en el medio del camino, con el motor y las luces de la camioneta encendidos...
Mi abuelo, todavía asustado, no recordaba nada de lo que pasó después de que intentó agarrarle las riendas al caballo.
El joven le ofreció ir a su casa que estaba a pocos kilómetros de allí quedarse esa noche y tomar una sopa caliente para pasar el mal trago y el susto. Obviamente, el viejo aceptó y a la mañana siguiente, con la luz del día, salió rumbo al pueblo donde lo esperaba mi abuela.

Desde entonces, nunca más viajó de noche, y siempre que se le consultaba sobre el porqué de esa costumbre, él respondía siempre lo mismo: “Uno nunca sabe que puede encontrar en el camino”.  

Su servidor, Dionisio

viernes 6 de febrero de 2009

Las luces que marcan mi retorno

Esa mañana me desperté ya con aquella sensación en el estómago. Me levanté pensando en mis futuros movimientos, desayuné y luego encaré para el trabajo, siempre con la idea fija: qué jugada realizar.
Así transcurrió mi día, con una ansiedad extraña, incomoda, molesta. Lo único que me tranquilizaba era saber que cada segundo que pasaba me aseguraba que le faltaba menos a mi espera y que salvo algo sumamente inesperado a la noche allí estaría, en donde aquellas viejas pero brillantes luces irán marcando mi retorno al lugar que prometí mil veces nunca más volver.
Las manecillas del reloj iban girando, con cada vuelta mi corazón comenzaba a latir más rápido, nada demasiado apresurado todavía, pero se comenzaba a sentir, y cada giro me recordaba a aquel que yo mismo iba a ir a buscar.
Y cuando la última manecilla giró lo suficiente como para liberarme, salí rápido con rumbo claro: mi casa. Allí debía darme una ducha ligera y salir urgente a mi destino final.
¿Si había urgencia? Claro que sí, si en lo único en lo que estuve pensando en todo el día era en ello.
Y así, con esa prisa, casi desmedida, salí perfilado hacia mi rumbo. Mi cabeza, daba vueltas, y una tras otra yo la acompañaba con mis pensamientos y cálculos.Caminaba presuroso por esos duros adoquines que tan finamente decoran las hermosas veredas de las calles de mi ciudad. Pero yo no estaba para disfrutar del paisaje y mucho menos para sentir la delicadeza de esos adoquines, yo sólo quería pisar aquella roja alfombra, la cual diseño y pintó algún poco conocido pero, por lo visto, muy talentoso artista. Me obsesionaba pisarla, deambular sobre esos detalles en negro y verde, que la dejaban aún más espléndida…
Y mientras iba pensando en esa obra maestra, en mi obsesión con ello y con la sensación en el estómago aún más intensa, de pronto:
- “¡Oiga, fíjese cuando anda por la calle!”, me dice un hombre que choqué sin querer.
- “Disculpe”, le respondo.
No podía hacerlo, no podía fijarme en eso, ni en eso ni en nada, en las únicas calles que pensaba era en aquellas calles pintadas sobre ese fino y delicado paño marrón.
Ya no importa nada, ni el camino, ni la gente ni nada, en ese momento estas ciego. No importa ni la distancia ni la compañía. Ciego, sordo y mudo, directo al lugar de las grandes luces y ruidos constantes.
La sensación, entonces, es más grande con cada paso. Ya se siente esa humedad en las manos, característica de la adrenalina que produce sólo esa voz, y que sólo algunos, aunque no tan pocos, sabemos reconocer. Porque es una voz la que domina todo, te dice cuándo podes y cuánto tiempo tenés.
“Y al fin llegué”, pienso regocijándome por la hazaña.
Pero bueno, no fui hasta allá, sin importarme distancias ni escollos, tan sólo para quedarme mirando.
Y todo lo que pensé durante el día se vino abajo, “¿de que vale?”, me digo. “De nada, seguramente”, me respondo. “Esto es lo mismo para todos, y aquí cualquiera puede salir bien o mal parado, no importa cuánto sepas sobre el tema”, pienso en silencio.
Allí estoy solo, y no hay ciencias ni tácticas, tan solo yo y mi “corazonada”. La adrenalina, entonces, se enciende al cien por cien. Sobre todo cuando comienza el primer giro, y yo ya no tengo las manos vacías. Al sudor característico de estos momentos lo acompañaban veinticinco ilusiones, que fueron las únicas que logré comprar con los ahorros de dos semanas.
Cuando aquella voz anuncia que queda poco tiempo mi corazón comenzó a latir aún más fuerte, la desesperación de pronto se adueño de mí completamente y comencé mi travesía.
Me quedaban, luego, tan sólo dos de aquellas ilusiones. “¿Qué las hago? ¿Dónde las pongo?”, me dije entre preocupado y ansioso. Y las dudas se adueñaron de mí, en esos diez o quince segundos que “la voz” me regalaba. “¿Corono este? No, no me alcanza. ¿Y si le pongo pleno? No, mejor medio pleno así abarco más. No queda tiempo… ¿Qué hago?”.
Y en ese preciso instante veo como ya era inminente el momento en que “la voz” anunciaría que ya no podés cambiar nada y que, sin importar lo que esté o quien esté, las cosas iban a quedar así. Así que, casi desesperado ante tamaña situación me lancé por el lugar más cercano que tuve a mano, y sin pensarlo las coloque juntas, una arriba de la otra. Y cuando intenté reaccionar ya era tarde, y “la voz” cantó su tan temible “no va más”.
Allí, en ese momento se abre un túnel, un túnel lleno de ilusiones, de incertidumbres, de adrenalina, de miedos e ilusiones. Lleno de esperanzas que están distribuidas en una mesa rectangular de paño marrón.
Es tal vez por esa corta sensación, que no dura más de un minuto, que millones de personas se acercan a ver qué es lo que sucede allí.
-“¿Cómo le está yendo joven?”, me dijo una anciana que pasaba por ahí y que seguramente vio mi preocupación girando y girando.
-“Ahí estamos abuela, puse todo en esta mano”, respondí amablemente.
Y casi al terminar la frase, veía como esa “bola”, maldita y bendita al mismo tiempo, pegaba un par de saltos, y con cada uno de ellos el corazón de todos los que la veíamos se detenía. No son más de dos o tres segundos, pero en esos pocos el tiempo también se detiene, y comienza a transcurrir lentamente, pero ya es tarde, ya habló “la voz”.
- “¿Ya hablo? ¿Qué dijo? ¿Qué salió?”, dice el pelado de la derecha, con la cara más asustada que la mía.
- “Creo que dijo el ¿treinta y seis?”, respondí mirando a la rubia dueña de “la voz” para que me confirme la noticia con un “Sí”, que para mi fue terrible.
Ni mire la mesa. Estaba seguro, nunca juego a tercera docena y menos aún a la última calle.
“Que mala leche”, pensé por dentro mordiéndome el labio inferior.
-“Setenta fichas blancas”, dice “la voz” mientras me estaba yendo con el rabo entre las piernas y una sensación de amargura terrible.
- “¿Quién será el suertudo que clavó dos plenos”, digo bajito masticando la bronca del momento.
“Pero, ¿yo no tenía las blancas?”, pensé.
-“Si, soy yo”, dije casi gritando. Al tiempo que la bella señorita, dueña de “la voz” más importante de la mesa, se le escapaba una pícara sonrisa.
-“Hoy la verdad que tuve suerte, no lo esperaba, nunca apuesto ahí”, le digo para escapar del papelón.
Ahora con las manos y bolsillos llenos (por lo menos para lo que yo considero lleno) decido canjear lo que tenía e irme para disfrutar, ahora sí, de los adoquines, del paisaje, y de lo poco o mucho que me puedo comprar con las ganancias de esa noche.
“Vaya un gallo por tantas gallinas”, diría mi abuelo…
Me despido de aquel enorme lugar, que tantas veces me vio irme prometiendo nunca más volver, y me voy cantando bajito un tango…
“Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno...
Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor...
Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor...”

Su servidor, Dionisio

viernes 16 de enero de 2009

Algunas de las cosas que odio


No se que hacer de mi vida, estoy en un momento que no se si voy o vengo, si arranco o mejor me quedo. Será por eso que me senté y escribí estas pocas líneas que no me atrevo a llamarlas poema.
Espero las lean y sepan entenderlas...

Odio los lunes, porque tengo que levantarme temprano.
Odio levantarme temprano, porque ando todo el día con sueño.
Odio andar todo el día con sueño, porque nunca me acostumbro en el trabajo.
Odio el trabajo, porque me quita tiempo de mi vida.
Odio mi poco tiempo, porque no me deja hacer mis cosas.
Odio no poder hacer mis cosas, porque así no disfruto mi vida.
Odio pasarme la semana sin disfrutar mi vida, porque se hace más larga.
Odio que se me haga larga la semana, porque nunca llega el viernes.
Odio llegar al viernes, porque me doy cuenta que se me paso la semana y no hice planes para el fin de semana.
Odio el fin de semana, porque descubro que estoy solo.
Odio estar solo, porque me doy cuenta que me odio.
Y me odio por eso.

Su servidor, Dionisio

miércoles 31 de diciembre de 2008

Pozo de soledad


Ahora que me vine de vacaciones a lo de mis padres, me encontré con un viejo amigo. Y el, casi sin saberlo, me preguntó sobre mi año… Y no supe decirle más que esto:

No hay, creo, sentimiento más triste que el de la soledad. Y cuando se rompen aquellas esperanzas e ilusiones construidas la soledad se hace presente. Uno va cayendo en un pozo, un pozo ficticio, imaginario, que por lo general te lleva a la depresión. Yo llegué hasta ahí, y pensaba que no habría nadie en el mundo que logre sacarme de ese pozo. En ese momento es cuando la soledad me invadió, me rodeó y se hizo reina de mis pensamientos y sentimientos.
Allí, en ese pozo el mundo me pasaba indiferente, nada importaba, ni siquiera salir de allí, estaba derrotado.
Y de la mano de la soledad llegó la tristeza, y con ella el desconsuelo, y es entonces cuando ya dejé de esperar: “ya no hay nada que esperar –me dije- , no hay nada”.
En ese momento, aparecieron aquellos que siempre están, aquellos no iban a dejarme ahí metido, aparecieron mis amigos.
Mis amigos no me tiraron una soga desde arriba, todo lo contrario se metieron al pozo conmigo, se ensuciaron como yo, se llenaron las ropas del mismo lodo que yo: descubrieron y sufrieron conmigo mis desilusiones, lloraron junto a mi, compartieron su pañuelo y, sobre todo, supieron decir las palabras justas en el momento exacto.
Casi sin darme cuenta fui saliendo del pozo, a decir verdad me fueron sacando, y en esos momentos en los que uno está debil y afloja siempre tenía el hombro de un amigo para sostenerme, para sacarme un poco más.
Hoy estoy casi afuera, ya respiro el aire puro del exterior, creo poder volver a comenzar y al fin poder superarlo.
Por eso, a ustedes, mis amigos, gracias por siempre estar ahí…

Su servidor Dionisio

martes 14 de octubre de 2008

El fin de una historia


Hace ya tiempo que no escribía nada, tal vez haya alguien que se pregunte el porqué, o quizá a nadie le importe. Lo cierto es que tras haber encontrado una cierta estabilidad amorosa en mi vida creía que todo iba bien hasta que se produjo un hecho que cambió todo, hasta mi motivación de escribir. Se los voy a relatar tal cual lo recuerdo…
Salí hacia el trabajo un miércoles. Antes de irme, como lo hacía siempre, me despedí de Sofía con un beso, ella no trabaja los miércoles y solía quedarse a hacer algunas de las cosas de la casa. Ella, como siempre, me saludo y me dijo: “Hasta lueguito amor”.
La mañana transcurrió de lo más normal, sin sobresaltos ni novedades. En un momento mi jefe se me acercó; tipo raro, de unos 55 años, poco cabello en la frente y una pelada en forma circular que le crecía desde arriba de la cabeza, medio gordito y con una sonrisa medio tenebrosa.
- ¿Pasa algo Dionisio?
- No señor –Le respondí rápidamente-
- Mirá – me dice- te veo medio extraño, por hoy, y por única vez te voy a dejar ir a mitad de mañana. Aparte ya no hay trabajo para hacer.
- Muchas gracias señor – le dije algo extrañado por el ofrecimiento-
Yo hace casi 5 años que trabajo en ese lugar, y nunca me habían dejado salir temprano. Tal vez por ello es que decidí aceptar y llegar temprano a casa para invitarla a almorzar a Sofía.
Apuré mis pasos con el objetivo de llegar a tiempo, ya eran casi las 12:30 y sabía que en ese horario Sofía preparaba el almuerzo. Antes de llegar, sabiendo que a ella le gustaban, le compré un ramo de flores en la florería de mi amigo Manuel.
Por la prisa, me hizo calor, así que me saqué el saco del traje, y así llegué: con el saco en una mano y las flores en la otra.
Abrí la puerta, y al sentir tantísimo silencio, comencé a llamarla: “Sofí”, “Amor”, “Mi amor ¿Dónde estás?”
En la sala no estaba, en la cocina tampoco, ni siquiera había olor a comida… Comencé a preocuparme, antes de ir al cuarto pasé por el balcón y el patio: tampoco estaba. “Tal vez se quedó dormida”, me dije y encaré derecho al cuarto aferrando mi ramo de rosas, amarillas; como a ella le gustan.
La puerta estaba cerrada, algo medio raro, porque siempre la mantenemos abierta, ya que desde el cuarto con la puerta cerrada no se escucha la puerta de entrada.
La abrí esperando encontrarla dormida, en las suaves sábanas que juntos elegimos para nuestro sommier. Sentía su aroma ya desde afuera de la habitación y no me aguantaba las ganas de verla y abrazarla.
Mis ojos dudaron tres o cuatro segundos, mi cabeza no reaccionó por más de diez. Sofía no estaba dormida, ni siquiera estaba en el cuarto, como tampoco sus cosas. Los armarios estaban abiertos, los cajones vacíos y tan sólo quedaba su perfume rondando el cuarto.
Sobre la cama, sobre el cubrecama, que también elegimos el mismo día de las sábanas, había una hoja de papel, que del reverso tenía mi nombre.
Confundido, tomé la carta, me senté en la cama y me dispuse a leer…
“Querido mío:
No hubo momento a tu lado en que no haya sido feliz, desde que te conocí descubrí lo maravilloso que eres, y lo mucho que me amas. Mi vida aquí ha sido de lo más placentera, y haciendo un repaso la verdad es que no tengo de que quejarme: fuiste, conmigo, el mejor hombre del mundo. Y mientras escribo estas líneas me cuesta muchísimo escribir lo que no tuve el valor de decir.
Hace menos de un mes, me llamó a mi celular Miguel, mi ex. Me dijo que estaba aquí en la ciudad y que necesitaba verme. Yo le dije que ya tenía mi vida, que no me interesaba saber de él, pero como siempre él insistió. Y yo, como siempre, afloje.
Cuando lo ví se despertaron aquellas viejas sensaciones en mí. Sensaciones que hoy me avergüenzan, porque son ellas las que me confunden y me alejan de vos.
Con Miguel nos encontramos dos veces más, charlamos mucho, sobre mí, sobre él y sobre nosotros. La verdad Dionisio es que estoy muy confundida, porque por un lado te tengo a vos que sos el hombre perfecto, y por el otro lo tengo a él que produce aquellas sensaciones. Perdoname, no tengo, ni siquiera el valor para mirarte a la cara. Me voy a casa, no sé que voy a hacer… Solo te pido que sigas tu vida. Te pido disculpas nuevamente.
Sofía”

Casi no pude terminar de leerla, las lagrimas, aquellas que reprimí tantas veces, rebeldes de su condición, salían indiscriminadamente.
Me cuesta, aún hoy, después de casi 2 semanas, referirme al tema sin por lo menos no lagrimear. ¿Por qué me dejo? Todavía no lo entiendo… lo único que sé es que mi Sofía se me fue, y con ella todas las fuerzas y las ganas de seguir.
Luego de meditar largamente sobre la continuidad del blog, he decidido, por lo menos, realizar un alto. No quería dejar, o más bien parar, sin explicar el motivo principal. Y quiero que aquellos que me siguen y que me leen, me sepan entender.
Solo me queda decirles: hasta pronto.

Su servidor, Dionisio

sábado 13 de septiembre de 2008

La máquina del fin del mundo


En el último mes me enteré que en alguna parte del mundo se estaba construyendo, hace como 30 años, una máquina que se llamaba “La maquina de Dios”, pero que ya se había terminado. Cuando lo hice, la verdad, no me importó demasiado. Si hay algo que me importa poco es los mega-avances tecnológicos.
Aún así, y después de taladrarme la cabeza durante las dos últimas semanas, me interioricé sobre el tema.
Resulta que la máquina ésta busca descubrir, lo más aproximadamente posible, cómo se inició el universo. Al parecer, la tan famosa teoría del Big Bang quedó casi caduca, o por lo menos primitiva, pensando que esta máquina trabaja sobre ella pero la profundiza tanto que la deja casi en ridículo.
La historia es que hacen chocar dos láseres con protones (elementos que están en el núcleo de los átomos). Estos protones producen muchísima energía al chocar. Según entiendo, se dividen en otras partículas, y son éstas las que quieren estudiar.
Al parecer, esta energía producida por el choque de estas partículas son idénticas a las producidas en la creación del universo en el Big Bang.
Este tema se puso de moda, y muchos ignorantes, como yo, se han interiorizado en el tema y hasta han opinado.
Cuando todos nos poníamos contentos porque íbamos a saber cómo se inició el universo, un dato fundamental para nuestra vida, se supo que un conjunto de físicos consideraban a esta máquina como una “gravísima amenaza para la humanidad”, ya que continuar con las experiencias cabría la posibilidad de que se produzca un “agujero negro” que tragaría al planeta. Fue entonces cuando salieron todos aquellos seguidores de Nostradamus, que permanecen ocultos, algunas veces hasta años, hasta que sale un tema como este. “Con esta máquina se va a cumplir la profecía y el 1 de octubre será el fin del mundo”, decían.
Allí fue cuando pensé que es lo que yo haría si se terminaría el mundo.
“Tendría un hijo”, pensé primero. Pero después me di cuenta, no tendría tiempo, y si tuviera, ¿Para qué?
Entonces me dije, “vendo todo y me voy lo que me queda de vida de vacaciones”. Pero ¿qué pasaría si vendo todo y resulta que no termina nada, y me quedo varado y sin un peso en algún lugar del mundo?
Por fin me decidí. No iba a hacer nada. Seguiría mi vida como siempre, pagando todos mis impuestos, y si viene el fin del mundo… ya disfruté demasiado de mi vida.
Y, "e lo que ai", diría un buen amigo mío.

Su servidor, Dionisio.